Tenemos que ganar porque somos mejores

EDITORIAL

Desgraciadamente, y a pesar de la labor excepcional de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, todos éramos conscientes de que era muy difícil que España escapase indefinidamente de un atentado yihadista, especialmente cuando, como lamentablemente hemos visto este jueves, basta con un vehículo alquilado para sembrar la muerte y el pánico en el centro de una gran ciudad. Es el mismo viejo odio terrorista de siempre, pero que toma nuevos métodos que no hacen nada fácil impedir atentados como el que ha vivido Barcelona. Por desgracia, esta es una realidad con la que los europeos vamos a tener que convivir al menos durante un tiempo.

Además de una tragedia y una nueva muestra de la repugnante naturaleza del terrorismo, el atentado en las Ramblas es un importante recordatorio de que España, como el resto de Europa y de Occidente, está inmersa en una guerra, atacados todos por una ideología extraordinariamente fanática travestida de religión: el islamismo radical. Una ideología que no duda en usar los métodos más brutales e inmorales para lograr su fin último: la imposición en todo el mundo de un credo que es incompatible con cualquier forma de libertad y de democracia, con los derechos humanos más básicos y, por supuesto, con el respeto a la mujer o a cualquier tipo de minoría.

Nos guste o no, Occidente tiene que afrontar esta guerra, lucharla y ganarla, porque que en ello nos va la supervivencia de un modo de vida del que son inseparables las libertades y los derechos que consideramos irrenunciables. Una batalla que debe darse, por supuesto, desde el frente policial, persiguiendo y encarcelando a los asesinos, a los que los sostienen y los que los apoyan y justifican. Pero también se trata de una batalla que debe darse desde el plano ideológico, recordando siempre que el terrorismo es una lacra inaceptable e injustificable y, no menos importante, que la civilización occidental es el mayor logro de la historia de la humanidad: una extraña excepción a milenios de historia donde las sociedades no eran más que diferentes formas de barbarie y arbitrariedad y no los espacios de convivencia y derechos que son hoy en día las democracias liberales.

Nuestro modo de vida y sistema político no merecen que los defendamos no sólo por ser nuestros, sino porque son moralmente superiores, y eso debe darnos fuerza para superar y derrotar a los que tratan imponernos la barbarie.

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