Punto final al grotesco caso de Màxim el Efímero

EDITORIAL

Al poco de saltar la noticia del fraude fiscal de Màxim Huerta publicamos un editorial en el que decíamos que si el controvertido ministro no dimitía de inmediato Pedro Sánchez afrontaría su primer gran problema en el único ámbito en el que está trabajando: el de la imagen. Ciertamente, para el anuncio electoral en forma de Gobierno que preside el socialista, la continuidad de Huerta hubiera sido letal, especialmente si se recuerda lo que en su día dijo el propio Sánchez a propósito del sobrecogedor Juan Carlos Monedero: "Si tengo en mi dirección a un responsable político que crea una sociedad interpuesta para pagar la mitad de impuestos, esta persona al día siguiente estaría fuera de mi Ejecutiva. Es mi compromiso con los votantes y los españoles".

Ha sido precisamente el vídeo con esas declaraciones lo que ha forzado una dimisión que, en principio, era descartada tanto por el Gobierno como por el propio Huerta. Ahora bien, la marcha de Huerta, lejos de resultar un ejercicio de asunción de responsabilidades políticas, ha sido, por el contrario, un bochornoso despliegue de victimismo, en el que el periodista ha arremetido contra "la jauría" que lo habría descabalgado y declarado teatralmente su "amor" a "la cultura y la transparencia".

No parece que Huerta haya sido muy transparente, no en vano ocultó el fraude fiscal por el que fue condenado al Gobierno que lo nombró. Se trata de un asunto, por cierto, bastante más grave que aquellos en los que estuvieron implicados el exministro José Manuel Soria o la expresidenta madrileña Cristina Cifuentes, contra quienes el PSOE lanzó a una auténtica "jauría", por recurrir al vocabulario del excolaborador de Ana Rosa Quintana.

Ni como gestor ni como creador merecía el inefable Màxim Huerta ser ministro de Cultura. Su nombramiento no fue más que un anuncio publicitario, un gesto populachero que produjo estupor y bastante vergüenza en amplios sectores de la sociedad. El nuevo ministro de Cultura, José Guirao, no tendrá el gancho mediático de su efímero antecesor, pero posee una larga trayectoria como gestor cultural, que es lo que siempre debió primar.

En cuanto al inefable Huerta, ni supo cómo llegó a ministro ni, sólo seis días después, ha sabido marcharse. Qué espectáculo deplorable el suyo. De grotesca novela de tercera.

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