10-X-2014

Peor imposible

EDITORIAL

A medida que pasan los días, la gestión de la crisis del ébola se hace más desastrosa. Era difícil imaginar el lunes, cuando conocimos la noticia del contagio de la auxiliar de enfermería Teresa Romero, que cuatro días después íbamos a estar sumidos en semejante ceremonia de la confusión, que está generando una alarma social que va mucho más allá de lo razonable. Si bien la primera comparecencia de Ana Mato, acompañada de varios responsables sanitarios (y desaparecida desde entonces) no hacía presagiar nada bueno, este jueves el caos informativo ha alcanzado cotas disparatadas, con noticias contradictorias sobre el estado de salud de Teresa Romero, que incluso ha sido dada por muerta por algún medio de comunicación.

No sorprende que los sindicatos del sector intenten pescar en río revuelto y sacar rédito político de cualquier desgracia, como siempre lo han hecho. Pero sí es insólito que las autoridades parezcan empeñadas en contribuir a generar más alarma y confusión. Mariano Rajoy presumía en Milán de las supuestas felicitaciones que había recibido de otros líderes europeos por "la gestión de la crisis del ébola". Y cabe preguntarse ¿qué gestión? El Gobierno de España está ausente, como lo está en todo los problemas que afronta la nación española, que no son leves precisamente. La comunicación, que políticamente es lo más importante en una crisis de estas características, no puede ser peor. No es de extrañar cuando la secretaria de Estado de comunicación, Carmen Martínez Castro, se dedica a poner y quitar tertulianos en radios y televisiones y perseguir a los medios y periodistas que molestan al Gobierno. Ana Mato ni está ni se le espera, ha anunciado una comparecencia para dentro de una semana en el Congreso, y ha sido incapaz de designar un portavoz único y claro. Los periodistas no saben a quien acudir ante el aluvión de informaciones de los sindicatos, bulos y diferentes versiones de médicos y responsables sanitarios. El cuadro desolador lo completa una sociedad idiotizada, más preocupada por la suerte de un simple perro que por exigir a sus gobernantes que estén a la altura de las circunstancias.

Cuando ya estaba claro que el origen del brote se debe a un error humano de la enfermera, desde el Ministerio de Sanidad y la Consejería de la Comunidad de Madrid se solapan declaraciones confusas sobre si fallaron o no los protocolos y si éstos eran los adecuados o es necesario cambiarlos. Tampoco se ha explicado de forma clara por qué son ya siete los médicos que han solicitado su ingreso voluntario o qué está pasando con el personal del hospital Carlos III, si es verdad o no que están contratando personal ante la espantada de trabajadores, muertos de miedo.

Es cierto que las competencias de Sanidad están transferidas a las comunidades autónomas, pero también lo es que el traslado de los misioneros fue una decisión política del Gobierno de Mariano Rajoy --que bien podría haber recurrido a las unidades del ejército y las fuerzas de seguridad especializados en alertas químicas y bacteriológicas, que cómo se ha visto están mucho mejor preparados-- de la que debe responsabilizarse. Ahora bien, la irrupción en escena del consejero de Sanidad Javier Rodríguez es más que lamentable. Ignacio González tiene que destituirlo de manera inmediata. Ser buen médico, que no dudamos que este señor lo sea, no te convierte en un buen consejero de Sanidad y Rodríguez es la prueba viviente de ello. La sucesión de disparates, contradicciones y declaraciones a cada cual más alarmista –la última advertir a los periodistas del "riesgo" que corren por acercar los micrófonos a los médicos que vienen de atender a la enferma de ébola-- con las que nos ha obsequiado estos dos últimos días, junto a su actitud chulesca, propia de un perdonavidas de taberna, son intolerables. No puede estar un minuto más en la Consejería. Gracias a él, en buena medida, y a la ausencia del Gobierno de España, los sindicatos están consiguiendo su objetivo de politizar este asunto y que, en medio del desbarajuste general, sea muy difícil discernir entre los que son informaciones reales o bulos interesados.

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