Pascual Sala

EDITORIAL

La despedida oficiosa de Pascual Sala, que este jueves ha participado en el que probablemente será su último acto como presidente del Tribunal Constitucional, ha retratado al personaje, bastante nefasto.

Sala ha hecho de la rueda de prensa que ha ofrecido un pliego de acusaciones y justificaciones asombrosas, cuando no disparatadas, y demostrado por qué urge la reforma del TC, tanto de su composición como de su funcionamiento.

Dice el todavía presidente del Constitucional que éste no es "político", pero cuesta mucho creerle cuando lo más probable es que él mismo vaya a perder su puesto en breve como consecuencia de los equilibrios políticos que harán posible la renovación del alto trinbunal. Cuando, ante cualquier asunto de envergadura, los medios de comunicación y los ciudadanos saben qué magistrados son conservadores y cuáles progresistas (esto es, qué partido les ha puesto ahí) y cuál será el sentido de su voto. Cuando, en fin, justo después de sostener tal cosa el propio Sala ha hecho una enconada, incomprensible y muy política defensa del estatuto de Cataluña.

La historia del TC, desde Rumasa al referido estatuto catalán, es una enmienda a la totalidad a lo que ha dicho este jueves Sala; por ejemplo, que el TC "jamás dicta una resolución por conveniencia u oportunidad política". Lo cierto es que, al menos desde 1983, las presiones políticas sobre la institución han sido constantes y brutales. Los magistrados que las han sufrido nunca las has denunciado, y muy raramente las han resistido.

El desprestigio que soporta el alto tribunal es la consecuencia lógica de un sistema perverso de selección que ha minado lo que debería ser una institución ejemplar. Un sistema perverso que, por cierto, el mismo PP que se había comprometido a cambiar parece dispuesto no sólo a perpetuar sino a reforzar. He aquí otra prueba del más que dañino giro dado por Rajoy y los suyos desde su llegada a La Moncloa.

Le guste o no a Pascual Sala el Tribunal Constitucional es un órgano político, que se ha dedicado a enmendarle la plana al Tribunal Supremo, invadiendo ilegitimamente su jurisdicción, en asuntos tan graves como la sentencia que ilegalizaba al brazo político de ETA, ahora presente en todas las instituciones del Estado. El TC debe desaparecer en su configuración actual y pasar a ser una sala, encargada de asuntos constitucionales, dentro del Supremo, pero nunca encima de éste.

Pascual Sala se despide dejando claro que ha sido un miembro destacado de la casta que ha llevado nuestro país al sórdido callejón en el que se encuentra. Sirva como referencia de cómo no desempeñar cargo institucional alguno, especialmente la presidencia de un órgano que debería velar por el cumplimiento de la Constitución y no estar al servicio de la partitocracia.

A continuación