Nuestro Carlos Andrés Pérez

EDITORIAL

La corrupción es un cáncer que corroe las entrañas de la joven democracia española desde hace años, pero las graves dificultades económicas que ha infligido la actual crisis al conjunto de los españoles han terminado convirtiendo en inaceptable lo que antes, siendo igualmente injusto y bochornoso, se sobrellevaba con mayor o menor resignación, ya que la mayoría de la sociedad, dada la inmadurez democrática que, por entonces, sufría el país, entendía que las ventajas que propiciaba el recién estrenado sistema político eran muy superiores a sus taras y defectos. Esta situación ha cambiado de forma radical en los últimos tiempos, y ahora la corrupción no sólo ni se olvida ni se perdona, sino que, además, amenaza con pasar una elevada factura al tradicional bipartidismo, fruto de sus numerosos y garrafales errores pasados y presentes. Lo más grave, sin embargo, es que los responsables políticos y, muy especialmente, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no saben o, lo que es peor, prefieren ignorar el diagnóstico, permitiendo así que el cáncer mute en una metástasis incurable, capaz, incluso, de enterrar el sistema democrático vigente a través del populismo.

En este sentido, no hay mejor alimento para los enemigos de la democracia, la libertad y los derechos fundamentales del individuo que la pasividad y complacencia, cuando no ya complicidad, de la clase política con la corrupción que anida en su seno. Este mismo viernes, sin ir más lejos, la Audiencia Nacional ha constatado que el PP pagó con dinero negro otros 750.000 euros para reformar la planta baja de su sede central en Génova, lo cual se sumaría al descuadre de 960.000 euros ya descubiertos. Por desgracia, se trata del penúltimo capítulo de la extensa retahíla de corruptelas, irregularidades y presuntos delitos que han surgido a raíz del caso Gürtel y las posteriores revelaciones de Luis Bárcenas. Y puesto que el tiempo da y quita razones, todas y cada una de las pruebas apuntan en una única dirección: la financiación irregular del PP y la consiguiente existencia de una caja B, tal y como ha denunciado el extesorero ante el juez. Vaya por delante que los populares no son los únicos que han caído en el execrable pozo de la corrupción, como bien demuestra el escándalo de los ERE en Andalucía, con PSOE y sindicatos de por medio, o el ingente expolio cometido por la familia Pujol en Cataluña, a la vista de las abultadas cifras que se van conociendo, gracias a la impunidad que les ha otorgado la bandera del nacionalismo.

Pero si la lacra de la corrupción no tiene un pase, lo que resulta ya imperdonable es, sin duda, la posición hierática de Rajoy ante esta gravísima problemática. "Espero que nunca jamás se vuelvan a producir estas cosas". Con esta simple frase ha intentado zanjar este viernes la baja voluntaria de Rodrigo Rato, las constantes noticias sobre corrupción que afectan al PP o el gigantesco escándalo de la corrupción de los Pujol y su impunidad. Su desfachatez y desvergüenza en este ámbito tan sólo es equiparable a su necedad e incompetencia como presidente del Gobierno durante la crisis. Nada que ver con la gestión llevada a cabo por Esperanza Aguirre, quien, como presidenta de la Comunidad de Madrid, no dudó en destituir de inmediato a todos los cargos salpicados por Gürtel, sin necesidad de esperar a hipotéticas imputaciones judiciales.

Lo peor, si cabe, es que Rajoy tampoco ha hecho el más mínimo ademán por reformar y corregir los importantes defectos estructurales que presenta el sistema político español, abogando, por ejemplo, por una ley de financiación de partidos que otorgue transparencia y seguridad jurídica, a imagen y semejanza de otros muchos países desarrollados, o medidas realmente eficaces y contundentes contra la corrupción, con penas acordes al delito cometido, y, sobre todo, la necesaria y urgente reforma del Poder Judicial para que goce de independencia plena y de los recursos adecuados para impartir Justicia, reinstaurando así la separación de poderes que debe regir en todo Estado de Derecho. Rajoy, por el contrario, no ha hecho nada, salvo cruzarse de brazos, negar la mayor y mirar hacia otro lado a la espera de que la tormenta escampe.

Su insensatez en este campo no puede ser mayor, y no sólo porque dañe los intereses de su propio partido, sino porque también perjudica, y mucho, a todos los españoles, puesto que su transigencia está siendo aprovechada muy hábilmente por el populismo que acaba de prender en España. Los desaciertos de Rajoy son nuevas victorias para Pablo Iglesias. Se equivoca de plano el PP si piensa que el fenómeno Podemos les beneficia porque, en última instancia, acabará movilizando el voto del miedo. Es un error y una grave imprudencia, ya que la indolente estrategia de permisividad y mentiras sobre la corrupción interna del partido es munición gratuita para la oposición e indigna, cada vez más, a unos votantes, los suyos, que ya están muy hartos de los absurdos complejos y las vergonzosas traiciones protagonizadas por la actual cúpula popular.

En este sentido, Mariano Rajoy se parece peligrosamente al expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez, cuya incompetencia en materia económica y su condescendencia hacia la corrupción acabó desembocando en la llegada al poder de Hugo Chávez, el populista que tanto admira y venera Pablo Iglesias. Esperemos, por el bien de todos, que la trágica historia venezolana no encuentre réplica en España, a pesar de Rajoy.

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