Navarra como piedra de toque

EDITORIAL

Uno de los momentos más bochornosos de la fracasada sesión de investidura de Pedro Sánchez tuvo lugar cuando las cámaras de televisión recogieron el gesto obsceno que la candidata socialista a presidir el Gobierno foral de Navarra, María Chivite, dedicó a Albert Rivera. El líder de Ciudadanos aludía en ese momento desde la tribuna a las negociaciones del PSN con separatistas, proterroristas y podemitas para hacerse con el poder en el Viejo Reyno, a pesar de que los socialistas tuvieron casi la mitad de apoyos que la coalición constitucionalista Navarra Suma.

La traición de Sánchez a la Nación tiene en Navarra un hito simbólico, pues evidentemente Chivite está llevando a cabo esa felonía con el beneplácito de la Ejecutiva federal de su partido, sin cuyo permiso no se hubiera atrevido a negociar el apoyo tácito de los proetarras.

El brazo político de la organización terrorista nacionalista lo tiene claro y ya ha anunciado una consulta a sus bases dirigida a permitir un Gobierno socialista en la Comunidad Foral. Para los proetarras, "hay que evitar la recomposición del régimen tal y como lo hemos conocido", y no encuentra mejor manera de hacer saltar por los aires el consenso constitucional en Navarra que entregársela a la secuaz de Sánchez.

Acierta el Partido Popular al rechazar cualquier negociación con el presidente en funciones mientras mantenga ese pacto de la vergüenza en Navarra. Y es que Sánchez, tan aficionado a decretar cordones sanitarios contra partidos de impecables credenciales democráticas como Vox, ha de ser condenado al lazareto democrático por sus chalaneos con los turiferarios de ETA.

Los mensajes del Gobierno para que PP y Ciudadanos entreguen incondicionalmente el poder a Sánchez no son una majadería más de la inefable Carmen Calvo, sino la prueba de que un personaje como Sánchez, que no tiene escrúpulos a la hora de Gobernar con el apoyo de la ETA en Navarra, no puede recibir el apoyo siquiera tácito de ninguna fuerza constitucionalista para que siga en la Moncloa, a donde llegó de la mano de comunistas, golpistas y proterroristas.

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