Montoro no debe ser ministro ni un día más

EDITORIAL

La capacidad de decidir quién es ministro y quién deja de serlo es exclusiva del presidente del Gobierno, y las reprobaciones parlamentarias no tienen un efecto real más allá del simbólico. Cristóbal Montoro, por tanto, no tiene que dimitir obligatoriamente, ni Rajoy está legalmente forzado a destituirlo; pero lo cierto es que, en política, en numerosas ocasiones las obligaciones para con la ciudadanía y las instituciones van más allá de los compromisos meramente legales. Es por esto que Montoro no debería ser ministro de Hacienda ni un día más.

No debería serlo, en primer lugar, porque es un mal ministro. Porque ha mentido a los votantes y a los ciudadanos en múltiples ocasiones –como cuando les aseguró que no subiría el IRPF para luego decir que sí lo subiría a cambio de no hacerlo con el IVA–. Porque en un país serio el jefe de los inspectores de Hacienda no amenaza a los ciudadanos con inspecciones fiscales. Porque es un ministro de Hacienda que año tras año incumple sus compromisos de déficit… ¡incluso después de cambiarlos!

Si todo esto ya era cierto antes de la reprobación de que ha sido objeto en el Congreso, aún lo es más tras ésta y, muy especialmente, tras las revelaciones de los últimos días del diario ABC, que profundizan en el escándalo de Equipo Económico, al que Libertad Digital ha dedicado una notable atención informativa.

Muy en su estilo, Montoro ha respondido a las informaciones de ABC con amenazas, cuando lo que tendría que hacer es dar cuenta de su relación con Equipo Económico y del uso que ese despacho habría hecho, ante empresas que dependen del BOE, de su cercanía con nada menos que el ministro de Hacienda.

De no ser por la peculiar personalidad de Mariano Rajoy, con su necesidad de rodearse de personajes serviles en lugar de por individuos de acrisolada talla profesional y política, Montoro no habría repetido en esta legislatura, tras el desastre de la anterior y las primeras dudas que se levantaron sobre Equipo Económico. Pero ahora su posición es, sencillamente, intolerable e insostenible.

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