Maduro sí tiene quien lo defienda: lo peor de la política española

EDITORIAL

A regañadientes, y una semana después que EEUU y la gran mayoría de las democracias hispanoamericanas, Pedro Sánchez ha reconocido a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, si bien abundando en su provisionalidad para no enfadar demasiado a sus socios chavistas, que junto con los golpistas catalanes y los proetarras vascos son los que le empotraron en la Moncloa.

En cuanto a las reacciones del mundo podemarra, están siendo las que cabía esperar de una extrema izquierda que se ha quedado afónica de proclamar las bondades del socialismo del siglo XXI, que tanto dinero ha volcado sobre la canalla indignasuna que pretendía convertir España en Venezuela.

Ni siquiera cuando se vislumbra una ocasión para el retorno de la democracia al país caribeño son capaces los palanganeros españoles de Maduro y sus narcogenerales de mostrar el más leve signo de arrepentimiento. Muy al contrario, lo que han hecho personajes como el condenado Pablo Echenique ha sido alimentar el discurso victimista de una cleptocracia sanguinaria que se la tiene jurada el pueblo venezolano, al que afrentan revolucionarios por cuenta ajena como el resentido chico de los recados del potentado comunista Pablo Iglesias, que, por cierto, no para de hacer caja a expensas de los islamistas misóginos y homófobos que detentan el poder en Irán.

Las declaraciones que andan evacuando estos días sujetos como Echenique, Ramón Espinar, Alberto Garzón y demás ralea que vive de maravilla ensalzando o blanqueando a algunos de los regímenes más siniestros del planeta los retratan como lo que son, un hatajo de indeseables que merecerían vivir en los infiernos que ensalzan desde sus tan inmerecidas como privilegiadas posiciones. Son, sin lugar a dudas, lo peor de la política española, junto con sus compinches separatistas y proetarras.

A continuación