Los separatistas se frotan las manos

EDITORIAL

Al día siguiente del abrazo de la vergüenza de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el presidente en funciones ha dejado claro que su proyecto de someter el Gobierno de la Nación al fielato de sus mayores enemigos va muy en serio. Solo así pueden entenderse sus evasivas en rueda de prensa para no cerrar la puerta a un pacto con ERC, organización inmersa de lleno en el golpe de Estado separatista.

Preguntado al respecto, Sánchez se limitó a felicitarse por su pacto para un Gobierno de coalición con los bolivarianos (que hasta hace unas semanas le horrorizaba) y no descartó ninguna concesión a los separatistas catalanes y a los proetarras para garantizarse, al menos, su abstención en la sesión de investidura.

El partido del sedicioso Oriol Junqueras ya se ha mostrado taxativo en sus condiciones para permitir –vía abstención– un Gobierno socialcomunista, que pasan por retomar la reunión de Sánchez y Torra en Pedralbes, donde ambos acordaron la humillación de la democracia española comprometiéndose a buscar la mediación internacional para el conflicto catalán. ERC quiere que Sánchez vuelva al redil y se arrodille nuevamente ante Torra en presencia de Pere Aragonés, vicepresidente de la Generalidad y hombre de confianza de Junqueras en el Ejecutivo regional, para culminar el golpe a través de una delirante mesa de negociación.

Los proetarras que lidera Arnaldo Otegi reclaman también el derecho de autodeterminación del País Vasco para facilitar los planes de Sánchez, otro frente abierto contra la democracia y el orden constitucional al socaire de la ofensiva separatista desatada en Cataluña.

Los golpistas ven llegado su momento con un Gobierno en minoría dirigido por un personaje con la falta de escrúpulos de Sánchez y coordinado por un comunista con un odio inextinguible a España y a la libertad. Ambos están dispuestos a poner la estabilidad nacional en manos de condenados indeseables como Junqueras y Otegi, sin que en el PSOE haya surgido una reacción significativa contra el Gobierno Frankenstein. Cuánta cobardía y cuánta infamia.

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