La necesaria prisión permanente revisable

EDITORIAL

El pasado jueves, un niño de la población riojana de Lardero fue secuestrado y asesinado por un criminal reincidente, que estaba fuera de la cárcel desde el año pasado gracias a que el ministerio del Interior le había concedido el tercer grado en contra del criterio de la Junta de Tratamiento de la cárcel donde cumplía condena.

Francisco Javier Almeida, presunto autor del crimen, había agredido sexualmente a una niña en 1993. Cinco años más tarde fue condenado por violar y asesina a una mujer, a pesar de lo cual disfrutó de 39 permisos penitenciarios a partir de 2013. Pues bien, con ese historial atroz, los responsables de Instituciones Penitenciarias decidieron en febrero del año pasado pasarlo al tercer grado, gracias a lo cual este asesino y violador campaba a sus anchas por las calles.

El ministerio de Marlaska tendrá que ofrecer abundantes explicaciones y la oposición exigir los ceses correspondientes pero, más allá de esta exigencia de responsabilidades políticas, lo cierto es que crímenes como el del pequeño Alex en La Rioja justifican la necesidad de la prisión permanente revisable.

Precisamente a primeros del mes pasado, el Tribunal Constitucional dictaminó a favor de la reforma legislativa aprobada en 2015, que introducía esta figura en nuestro ordenamiento penal. La izquierda y el PNV recurrieron ante el alto tribunal esta medida, por considerar que la prisión permanente revisable supone una venganza de una crueldad intolerable con los presos, por más atroces que sean los delitos cometidos. A lo largo de estos años, PSOE y Podemos han liderado la oposición a implantar un régimen penitenciario que, sin embargo, figura en el ordenamiento jurídico de los países de nuestro entorno por su eficacia a la hora de mantener a la sociedad a salvo de criminales reincidentes como el que el pasado jueves asesinó al niño riojano.

Socialistas y podemitas, tan exigentes a la hora de condenar los delitos de pensamiento y opinión, son los principales valedores de que los verdaderos delincuentes estén sueltos por nuestros pueblos y ciudades. Sin embargo, asesinatos como el del pequeño Alex demuestran que hay criminales reincidentes a los que la reinserción solo les supone una ventana de oportunidad para seguir cometiendo delitos atroces.

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