La Fiesta Nacional, la izquierda siniestra y lo mejor y lo peor de Cataluña

EDITORIAL

Ni la lluvia ni el resentimiento antiespañol de la peor izquierda y de los nacionalistas han logrado impedir una nueva celebración del Doce de Octubre, que no por casualidad también es festivo en numerosas naciones de América. Con todo, se impone comentar el bochornoso espectáculo que han dado, una vez más, los dirigentes de Podemos y sus semejantes, los separatistas catalanes.

Pablo Iglesias no tuvo mejor ocurrencia que criticar la celebración de la Fiesta Nacional y la participación en ella de los militares con este patético argumento: "Algunos piensan que seguimos en los años más oscuros del siglo XX". Para empezar, pocas cosas tan oscuras como los estragos que, no sólo en el siglo XX, todavía hoy, causa el comunismo, ideología de la que es adepto el personaje. Obsesionado con el franquismo, este treintañero nada ejemplar ve con malos ojos que el Ejército participe en los fastos del Doce de Octubre. Como resulta que es un rendido admirador de la militarizadísima tiranía bolivariana que devasta Venezuela y está a partir un piñón con el aún más belicista régimen de los ayatolás iraníes, su comentario es de una hipocresía especialmente repugnante.

No menos infame es presentar la celebración del descubrimiento y colonización de America, que convierte a España en uno de los grandes protagonistas de la Historia, como se si se tratara de una reivindicación del más detestable de los imperialismos. ¿Acaso los millones de hispanoamericanos que celebran con gran entusiasmo lo que muchos de ellos denominan Día de la Raza son también nostálgicos del franquismo o del colonialismo? ¿A qué viene la propuesta del impresentable Juan Carlos Monedero, alabardero de los peores criminales que padece hoy mismo Hispanoamérica, de cambiar la fecha de la Fiesta Nacional para que "no moleste" a los "latinoamericanos"? A los hispanoamericanos no corroídos por el bolivarianismo o por ideologías igualmente infectas lo que les molesta, lo que detestan cordialmente es que haya sujetos como éste mangoneando en sus países y cantando las glorias de regímenes y sistemas que no padecen.

En cuanto a los separatistas catalanes, siempre liberticidas, han hecho que más de 40 ayuntamientos se negaran a celebrar el Día de la Hispanidad de la matonesca manera que les es propia. Especialmente sangrante ha sido el show que ha perpetrado el miembro de la CUP y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Badalona Josep Téllez, que se ha permitido hacer añicos ante los medios de comunicación la resolución de un juzgado barcelonés que prohibía la apertura de las dependencias municipales en la Fiesta Nacional.

Destruir es lo único que sabe hacer esta banda de fanáticos antiespañoles, es decir, saturados de autoodio. En su Cataluña talibanizada dinamitarían estatuas como la majestuosa de Cristóbal Colón que embellece Barcelona y, como en las peores teocracias islamistas, tendrían policías de la virtud encargados de vigilar que nadie exhibiera una bandera de España. Son, sin la menor duda, los peores enemigos de Cataluña.

Y si ellos son lo peor del Principado, lo mejor lo representan quienes luchan con casi todo en contra por que no se salgan con la suya. Es decir, gente como los miles de catalanes que, sin dejarse arredrar por el mal tiempo, celebraron este miércoles con un ejemplar espíritu cívico la Fiesta Nacional en la Plaza de Cataluña de Barcelona y denunciaron el proceso secesionista que separatismo golpista viene perpetrando con escandalosa impunidad desde las mismísimas instituciones autonómicas.

Hay que tener siempre presente el desamparo que sufren todos estos compatriotas que no renuncian a seguir siéndolo, ni a escolarizar a sus hijos en la lengua que les une al resto de los españoles, aunque por ello sean estigmatizados como fascistas o malos catalanes por quienes verdaderamente lo son. Esos heroicos compatriotas aguantan como pueden la incesante lluvia antiespañola que les cae... no precisamente del cielo, sino de las escuelas, los medios de comunicación y las instituciones públicas catalanas, ante la indigna indolencia de la Administración central, que con ello no hace más que faltar a su deber primordial: velar por los derechos de unos individuos que son tan españoles como los demás.

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