La degeneración de la escuela catalana

EDITORIAL

Uno de los grandes objetivos del nacionalismo catalán en su camino hacia la secesión ha sido la erradicación del español en la esfera pública del Principado; propósito en el que se han volcado los distintos Gobiernos nacionalistas y para el que incluso se ha recurrido al terrorismo puro y duro.

La proscripción del castellano se ha puesto de manifiesto con especial crudeza en el ámbito de la enseñanza desde que Jordi Pujol instaurara la infame inmersión lingüística. Una década después de que un Gobierno regional tripartito comandado –jamás se olvide– por el PSC aprobara la enésima vuelta de tuerca lingüística con su Ley de Educación, el de la escuela catalana se ha convertido en un modelo aberrante que destierra de las aulas a la lengua más utilizada por la mayoría de los catalanes, la única que tienen en común todos los españoles.

El de los profesores es, de lejos, el colectivo profesional más separatista en el Principado; un colectivo en el que incontables trabajadores de primer nivel han sido sustituidos en las últimas décadas por fanáticos de la peor ralea volcados en la construcción nacional de Cataluña. El terrible caso de la niña de Tarrasa que denunció haber sido agredida por una profesora por pintar una bandera nacional y escribir las palabras "Viva España" no es, por desgracia, sorprendente en una Cataluña donde los escolares hacen excursiones al grito de "Llibertat presos politics!", mientras los hijos de los guardias civiles y los policías nacionales son señalados por sus profesores chequistas.

La endogamia separatista en la escuela catalana, donde los inspectores que han de velar por los derechos de los niños pertenecen a las alas más radicales del separatismo, hace imposible abordar una regeneración desde dentro del podrido sistema educativo regional. Muy por el contrario, la degradación ha llegado a tal extremo que solo puede revertirse con medidas contundentes adoptadas desde instancias nacionales.

Desde luego, el Estado cuenta con las herramientas necesarias para acabar con la proscripción liberticida del español y con el adoctrinamiento separatista en Cataluña. Lo que no hay es voluntad de hacerlo, con lo que seguiremos pagando las consecuencias de este abominable desafuero.

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