La basura intelectual y moral de Podemos

EDITORIAL

En la madrugada del pasado lunes, una mujer de 81 años falleció en Reus a consecuencia del incendio causado en su vivienda por una vela. El hecho, ciertamente desgraciado, no habría pasado de un trágico accidente doméstico de los muchos que ocurren cada día, si no fuera por el hecho de que la anciana tenía cortado el suministro eléctrico desde hacía meses por impago. Conocerse esta circunstancia y ponerse en marcha la maquinaria de propaganda de la ultraizquierda populista fue todo uno.

En efecto, los líderes de Podemos han visto en este desgraciado accidente un casus belli para exacerbar los peores instintos de la gente que les vota en contra de las empresas eléctricas, convertidas en bestias negras para el podemismo. Según los responsables podemitas, la anciana de Reus ha sido practicamente asesinada por una compañía eléctrica, que se aprovechaba de su triste situación para obtener beneficios estratosféricos y pagar a sus ejecutivos sueldos de escándalo.

Con esta base delirante, que solo puede ser asumida con enormes dosis de ignorancia y mala fe, el partido de Iglesias ha organizado concentraciones de repulsa ante las sedes de la compañía eléctrica, a imagen y semejanza de las operaciones de coacción de los comités castristas cubanos y las bandas chavistas en Venezuela.

Los convocantes de estas algaradas mafiosas saben perfectamente que el drama de la señora de Reus era competencia de los servicios sociales del ayuntamiento, cuyo departamento ya estaba atendiéndola en sus necesidades más básicas. Todos los ayuntamientos de España cuentan con los medios humanos y económicos necesarios para atender a la población más necesitada. Ellos son los que tienen que conocer estos casos y atenderlos; no las empresas eléctricas, cuya obligación es prestar un buen servicio al mejor precio posible una vez descontados los peajes fiscales que impone el intervencionismo estatal.

Iglesias y los suyos saben todo eso. Lo que no sabe ninguno de ellos es lo que significa vivir con precariedad, porque todos, sin excepción, proceden de familias acomodadas, como ha ocurrido siempre con los dirigentes de los partidos revolucionarios. Esa evidente circunstancia añade todavía más demagogia a las poses tremendistas de estos jóvenes totalitarios de familias bien, que no vacilan en utilizar los dramas personales de las personas desfavorecidas para llegar al poder. En este caso concreto, el desplome moral de toda esta banda corre paralelo al nivel intelectivo de sus proclamas anticapitalistas, cada vez más próximo al encelafograma plano.

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