Inflación: el impuesto de los pobres

EDITORIAL

No habían pasado ni 24 horas desde que Pedro Sánchez se presentase ante los medios presumiendo de los logros políticos y económicos del Gobierno que preside –para lo que, por cierto, necesitó silenciar cualquier asomo de posible crítica– cuando un único pero demoledor dato desmontó toda la propaganda tan impúdicamente exhibida en lo que más que una comparecencia fue un mitin de campaña: la inflación, ese mal económico al que algunos llaman con acierto el impuesto de los pobres, se está disparando en España.

Por supuesto, a partir de ahora Sánchez y los suyos emprenderán una nueva campaña propagandística para tratar de convencernos de que no es un problema propio de España sino global y de que ellos, por tanto, no tienen ninguna culpa. Como suele pasar con las medias verdades, esta es una mentira grosera: es cierto que la inflación es un asunto global –aunque en pocas economías avanzadas va a ser tan elevada como en España– pero lo es sobre todo por la disparatada política de encarecer la energía en la que el PSOE no sólo ha creído fervorosamente desde hace años, sino que sigue creyendo y aplicando a rajatabla. El propio presidente hablaba este miércoles de la "nueva economía verde" como un logro, pero a estas alturas ya sabemos todos lo que eso significa: pagar la luz y el gas más caros de la historia.

Y eso no es todo: además este mismo Gobierno está desarrollando una política claramente inflacionista: gasto público desbocado, aumentos masivos de impuestos, más costes para las empresas, mayor rigidez en el mercado laboral y más poder para los sindicatos... En lugar de manejarse con prudencia ante un escenario de subida de precios que todo el mundo preveía, han seguido gobernando –es un decir– como si no hubiera un mañana en el que no queda más remedio que hacerse cargo, o sufrir, las consecuencias de sus actos.

Y todo esto lo hace un presidente y unos ministros que presumen día sí y día también de ayudar a los más desfavorecidos y de promover la solidaridad con los que menos tienen. Nada más lejos de la realidad: la inflación es mala para todo el tejido económico, pero es letal para las clases medias y bajas. Como ya se ha comprobado repetidas veces en la historia, la subida descontrolada de los precios es capaz no sólo de hacer saltar por los aires la economía de un país, sino también de destrozar su tejido social en detrimento, siempre, de los que menos tienen.

Por desgracia lo que está ocurriendo no nos sorprende: crear inflación y casi siempre hiperinflación es lo que en las últimas décadas ha hecho la izquierda radical al llegar al poder. Y ahí están los resultados en lugares como Venezuela y Argentina que, no olvidemos, son referentes para los dos partidos en el Gobierno.

Parece que, por desgracia, España no va a ser la excepción a esta norma, esperemos que al menos sirva para aprender la lección y desalojar del poder lo antes posible a este Gobierno lamentable que sólo es capaz de generar división y pobreza.

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