Illa, electoralismo al cuadrado con las vacunas

EDITORIAL

El deterioro de la política en España llega hasta el punto de que al todavía ministro de Sanidad, Salvador Illa, le parece normal utilizar los recursos y bienes públicos del Estado para su campaña como candidato en las próximas elecciones autonómicas de Cataluña. El anuncio de que va a liderar la lista de los socialistas catalanes en esos comicios debería haber ido acompañado de su cese, pero tal es la falta de escrúpulos y ética política del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que Illa no solo no dimite sino que hace electoralismo con algo tan sensible como la vacuna contra el coronavirus.

El desequilibrado reparto de vacunas favorece, como era previsible, a Cataluña, que en una primera entrega va a recibir 900.000 dosis frente a las 860.000 de Andalucía, que tiene un millón de habitantes más, y las 585.000 de Madrid, con un número de personas mayores y personal sanitario muy similar al de Cataluña.

Illa se escuda en supuestos criterios de proporcionalidad y de población "diana", pero nada se puede creer de un ministro que ha hecho de la opacidad la marca de su gestión. La manipulación de datos sobre fallecimientos y contagiados ha sido tan burda que su sombra alcanza toda la labor comunicativa del Ministerio de Sanidad. Su credibilidad es nula y su capacidad de gestión, tan escasa que el sector sanitario al completo espera que su relevo se lleve a cabo cuanto antes, porque es tesis generalizada que no se puede afrontar la pandemia peor que como lo ha hecho Illa.

Son variados los episodios protagonizados por Illa con la ayuda del inefable Fernando Simón, desde los errores de lectura iniciales a la reacción tardía, desde las compras sospechosas de material de protección en el mercado internacional a las mentiras sobre el uso de las mascarillas, de la desescalada por tramos a dar por hecho que la pandemia se había vencido a las puertas del verano. Y todo ello aliñado con constantes ataques a la Comunidad de Madrid por actuaciones que en muchos casos han sido pioneras. Su elección como candidato socialista a la Generalidad pone de relieve el sentido de aquellas críticas. Illa se estaba trabajando el retorno a Cataluña y nada mejor que la vitola de martillo de Madrid para triunfar en un contexto donde prima la toxicidad del nacionalismo.

El desigual reparto de las vacunas debería ser el punto final de la carrera del que seguramente es el peor ministro de Sanidad de la democracia, cuya única virtud parece ser la de no mostrar la más mínima emoción por nada, lo que incluye las víctimas del coronavirus. Hasta la ministra de Trabajo, la podemita Yolanda Díaz, ha declarado que Illa debería dimitir ya porque el Ministerio de Sanidad requiere de la máxima concentración y entrega.

Pesa sobre Illa la posibilidad de un aplazamiento de las elecciones en Cataluña, lo que dicho en términos populares le dejaría colgado de la brocha en caso de no tener cartera ministerial para aferrarse y desde la que hacer campaña de manera ventajista. La moral pública no es una de las disciplinas que maneje al aún ministro, que cuando es menester presume de su condición de filósofo. Debería irse ya y ya sería tarde. Los españoles, particularmente los médicos y las enfermeras, agradecerán su despido. El daño que puede hacer en Cataluña es infinitamente menor que en Sanidad, toda vez que esa región ya está arrasada.

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