Una izquierda violenta y liberticida

EDITORIAL

No ha sido la primera vez, pero eso no resta a lo ocurrido este miércoles en Vallecas ni un ápice de gravedad: lo que Vox ha sufrido en sus propias carnes ha sido un ataque frontal a la democracia española y al sistema de libertades que, con sus más y sus menos -y cada vez son más visibles estos menos-, le ha dado a este país las mejores décadas en buena parte de su historia.

Un ataque directo a la democracia que tiene un culpable claro: la izquierda española prácticamente en su totalidad. Una izquierda que, desde los grupúsculos delincuenciales dedicados a la guerrilla urbana hasta la inmensa mayoría del PSOE, cree que la violencia política no sólo se puede entender y justificar, sino que debe usarse siempre que sea contra sus enemigos.

Porque lo peor de lo que han sufrido los cargos, militantes y simpatizantes de Vox no es la lluvia de objetos a la que se enfrentaron en Vallecas, sino la tormenta de justificaciones que llegó tanto antes como después del acto. Incluso miembros del Ejecutivo, que está claro que nunca han entendido lo que significa ser parte de un Gobierno que es o debería serlo de todos los españoles, han mostrado en público su apoyo a que un partido político legal y con un historial inmaculado de violencia no pueda hacer campaña, expresarse e incluso moverse en libertad.

Con todo, si indigna es la incitación a la violencia y la glorificación de los violentos de una parte de la izquierda, peor aún es la actitud del PSOE, no sólo el ominoso silencio de la mayoría de los socialistas o la vergonzosa equidistancia de otros como el 'moderado' Gabilondo, sino la complicidad abierta del presidente del Gobierno y del ministro del Interior, sin cuya colaboración activa habría sido imposible que ocurriese algo como lo que pasó este miércoles Vallecas.

Porque han sido Pedro Sánchez y Grande-Marlaska los que, primero consintieron y jalearon la demonización de Vox, después dejaron que el PSOE participase en los llamamientos al boicot contra este y otros actos y, finalmente, establecieron un dispositivo de seguridad que era claramente insuficiente -así lo han denunciado sindicatos policiales- y que, por tanto, estaba destinado a que los violentos lograsen sus objetivos, aún a costa de poner en riesgo la vida de los dirigentes de Vox, de sus simpatizantes e incluso de los agentes del CNP.

El gran drama que vive España desde hace unos años -un drama que exacerba la gravedad de los restantes problemas que sufrimos, ya sean el envite del separatismo o la pandemia- es la ausencia casi absoluta de una izquierda no ya moderada, sino meramente civilizada. Ausencia total de las instituciones, desde luego, pero en la práctica también de los medios de comunicación, las redes sociales o lo que popularmente se conoce como "la cultura".

No hay, a día de hoy, una izquierda con la que construir consensos básicos como se construyeron en la Transición, sólo bandas de distinto pelaje ideológico o con intereses personales contrapuestos, pero que coinciden en lo básico: su sectarismo atroz y en el deseo de hacer saltar por los aires todas nuestras libertades con tal de acabar con sus enemigos y mantenerse en el poder. Por desgracia, hemos visto a dónde lleva eso en otros países e incluso, hace muchos años pero no tanto como para olvidarlo, también en España. No permitamos que vuelva a ocurrir.

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