El Papa no debe avergonzar a los católicos

EDITORIAL

Aunque no sea la primera vez que el papa Francisco avergüenza a millones de católicos con bochornosas declaraciones de tema político, económico o histórico, pocas resultan tan lamentables como las que acaba de evacuar para pedir "perdón" por los "pecados" y las "acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización" durante la conquista de América.

Que el Papa ignore que aquella colosal empresa española en el Nuevo Mundo tuvo más de liberación que de conquista –especialmente en el caso de México–, o que no haya tenido el coraje moral e intelectual de resistir las presiones de la Leyenda Negra y del intoxicador movimiento indigenista, ya resulta lamentable. Pero que, a partir de esas manipulaciones históricas, se sienta impelido a pedir perdón en nombre de los católicos por supuestos pecados cometidos hace siglos por individuos que, en todo caso, son antepasados más de los mexicanos que de los españoles no sólo lo desacredita como historiador de tercera sino como divulgador de lo que significa la petición de perdón en el cristianismo. Y es que ésta, en la doctrina católica y, en general, en la cristiana, es cosa del individuo, de la persona que se siente pecadora. El Dios del cristianismo no juzga a pueblos o colectivos sino a personas individualmente consideradas, que son las que deben rendir cuentas, no por acciones u omisiones de otras personas, sino por las propias.

Habrá ciertamente muchos católicos que puedan sentirse aliviados y desvinculados de tan patéticas declaraciones al saber que la infabilidad papal no se refiere más que a cuestiones de dogma, a sus pronunciamientos ex cátedra. Aun así, y por mucho que los católicos sepan –o deban saber– que el valor de los demás pronunciamientos papales depende exactamente de los mismos factores que dan valor a las opiniones de cualquier otra persona –a saber, su conocimiento de los asuntos, su competencia, su seguridad de juicio, su capacidad de razonar y su honradez intelectual–, no deja de resultar sonrojante que semejante mercancía averiada sea propagada nada menos que por el Papa.

Si el Papa, como ser humano falible que es, quiere pedir perdón, que lo haga por los pecados que él crea haber cometido; por ejemplo, por declaraciones en las que crea que el conocimiento de los asuntos, la competencia, la seguridad de juicio, la capacidad de razonar o la honradez intelectual han brillado por su ausencia. Pero no por las acciones, omisiones y pecados –reales o inventados– de personas que hace siglos que no están entre nosotros.

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