La desnortada (y suicida) intransigencia de Ciudadanos

EDITORIAL

Al parecer, un día Jaime Mayor Oreja sentenció: "Hay quienes, de tanto buscar el centro, han terminado perdiendo el norte". Aunque dirigida en su día a ciertos compañeros de partido del célebre exministro, algo parecido se podría decir ahora de Ciudadanos y de su impresentable negativa a negociar con Vox para desalojar o cerrar el paso a socialistas y comunistas en plazas tan cruciales como Madrid.

El tozudo e injusto rechazo de Cs a llegar a algún acuerdo con Vox es un ejemplo acabado de sectarismo irracional y desnortado, que no sólo contradice el proclamado talante liberal de la formación de Rivera sino que pone en cuestión su propio leitmotiv, que no es otro que la lucha sin cuartel contra el nacionalismo disgregador.

Naturalmente, Ciudadanos está en su derecho de no llegar tan lejos como Vox en materia de liberalismo económico. Incluso puede olvidarse de sus críticas al bodrio antiliberal y antijurídico conocido como Ley contra la Violencia de Género, que desgraciadamente ya sólo critica Vox. Lógicamente, también puede aspirar a una reforma de la Constitución para suprimir las diputaciones provinciales con la misma legitimidad con la que Vox puede aspirar a una reforma de la Carta Magna que posibilite la eliminación de las comunidades autónomas. El partido de Albert Rivera tiene, asimismo, todo el derecho a ser menos severo con la inmigración ilegal que la formación de Santiago Abascal... o que Manuel Valls en sus tiempos de ministro del Interior y primer ministro de Francia.

Lo que no tiene sentido es que en Ciudadanos se nieguen siquiera a conocer de primera mano a qué está Vox dispuesto a renunciar, o qué pretende proponer, para llegar a un acuerdo tanto con ellos como con el PP para contener la amenaza frentepopulista. Como si el partido de Abascal, plenamente democrático y de trayectoria impecable en lo relacionado con el acatamiento del orden constitucional, fuera una banda de apestados a los que sólo cupiera imponer un incondicional y humillante "trágala".

Ciertamente, Rivera podrá confiar en los aprietos que podría experimentar Vox si no respaldara Gobierno locales o autonómicos no frentepopulistas. Pero el partido apestado no sólo sería el menor de los culpables de una deriva tan perjudicial para España, sino que podría de hecho verse en graves problemas ante su electorado si se dejase tratar de cualquier manera e imponer la imagen de partido lacayo del PP y del propio Ciudadanos.

Así las cosas, no es de extrañar que personajes tan tóxicos como Manuela Carmena anden frotándose las manos y acariciando la idea de volver al poder, pese al rotundo rechazo manifestado por capas muy mayoritarias del electorado.

Confiemos en que la sensatez, el pragmatismo y la flexibilidad se acaben imponiendo y los tres partidos del centro-derecha den satisfacción al más ferviente deseo de sus electorados: generar zonas de resistencia al Gobierno liberticida de Pedro Sánchez y sus indeseables aliados separatistas y comunistas.

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