Chile se suicida

EDITORIAL

Las elecciones presidenciales chilenas, cuya segunda tuvo lugar el domingo, han encumbrado a Gabriel Boric, un líder estudiantil ultraizquierdista sin la menor experiencia de gestión. Los chilenos han entregado las riendas del país a un treintañero grotesco que gobernará con una amalgama de formaciones extremistas encabezadas por el tóxico Partido Comunista. Chile se sube así a la ola liberticida que arrasa una Hispanoamérica como movida por la autodestrucción.

A pesar de sus esfuerzos por adecentar su imagen y aparentar moderación, Boric es el portaestandarte de una izquierda fanática, violenta, cainita, que ha incendiado literalmente la calle en su campaña insurreccional para desalojar a la derecha del poder y que ha arrasado hasta con la Constitución nacional.

Los planteamientos de Boric son muy parecidos a los que esgrimen en España partidos como los chavistas de Podemos o los proterras de Bildu, ambos exultantes con el triunfo de su semejante, que pretende dar la puntilla al encomiable modelo liberal chileno, que ha permitido al país andino exhibir unos niveles de desarrollo que son la envidia del resto del continente.

Uno de los principales objetivos del neocomunista será el exitoso sistema de pensiones local, copiado en no pocos países y considerado una de las claves de la prosperidad económica de Chile de las últimas décadas. Con Boric al frente, el porvenir de los pensionistas estará en manos de un Gobierno con vocación de régimen que se enfrentará más pronto que tarde a las consecuencias que irremediablemente provocan las políticas colectivistas de la izquierda: déficit público, recesión económica y una presión fiscal asfixiante que acabará diezmando a las capas productivas del país.

Asombra además que Chile, considerado una anomalía regional por su apego a la moderación política y los continuados avances en tantos órdenes que ello le ha producido, se arroje a los pies de la peor izquierda, la que excita el rencor, la envidia y el resentimiento para desbaratar la vida en sociedad y tomar por asalto los centros de poder. Lo que ha ocurrido este domingo en Chile es un formidable recordatorio de lo que sucede cuando una derecha entreguista pierde la cara ante una izquierda dispuesta a todo y que no ve en el rival sino un enemigo al que despojar y someter.

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