¡Vivan los intermediarios!

Domingo Soriano

Nunca he hablado con Isabel Díaz Ayuso ni con su hermano Tomás. Y no pondría la mano en el fuego ni por ella ni por ningún político al que no conozca. Si hay algo que esté mal en el famoso contrato de las mascarillas, que se investigue (aunque, si sus enemigos llevan cinco meses dándole vueltas al tema y no han encontrado más que lo que se ha publicado, tiene pinta de que mucho no hay).

Dicho esto, lo que más me ha llamado la atención de los últimos días ha sido la sospecha del dinero ganado. Porque como no se encontraba nada (el contrato parece legal y la presidenta de la CAM ha dado explicaciones bastante convincentes), las redes se han llenado de comentarios del tipo "algo habrá cuando le han pagado 55.000 euros ¡¡en realidad, 280.000 si sumamos todos los contratos!! sólo por actuar de intermediario". Con ese tono de "no puede ser que a un trabajador normal le cueste tanto ganar dinero y aquí un listo se lo lleve crudo por hacer unas llamadas de teléfono. Tiene que haber algo más, porque a nadie le pagarían ese dineral por unas simples gestiones".

Sé que hay mucho de política en esto y que los mismos que ahora se escandalizan recurrirían al "no hay nada ilegal" si el caso se produjera en la acera contraria. Pero no es sólo eso. Porque si hay una figura denostada en España es la del intermediario. Con mascarillas o con naranjas o con leche. No nos gustan los mercaderes, esos tipos que no hacen nada, que meten su margen (un margen muy alto, claro) y se interponen entre los verdaderos protagonistas del intercambio: el que produce y el que compra. Y si ni siquiera eres mercader, si sólo eres un comisionista, un comercial de medio pelo... peor: entonces sí que te estás llevando una pasta por la cara.

Intuyo que esto nace en buena medida de la incomprensión de su papel. Algo que no es nuevo: ya en la Edad Media se miraba con recelo a los que ganaban mucho dinero trayendo y llevando mercancías, y acaparándolas en muchos momentos- !!Especulando!!, quizás el peor pecado que nadie pueda cometer. El herrero, el orfebre o el batanero estaba claro lo que hacían, se ganaban el pan con el sudor de su frente. Como el soldado o el monje. Cada uno tenía su lugar en la Tierra. Pero, ¿el comerciante? Y peor aún, ¿el agente comercial que movía las mercancías a miles de kilómetros de distancia? Sólo el banquero era más inmundo.

Poco a poco, se ha conseguido que lo más obvio se reconozca: el primer papel del comerciante es llevar las cosas de donde se producen a donde se consumen. Porque no es el mismo producto una naranja en Valencia que en mi mesa, ni un jersey tejido a mano por una artesana boliviana en su pueblo que en una tienda pija de Malasaña. Digo que se reconoce, pero en realidad lo hacemos sólo a medias: aceptamos al intermediario a regañadientes como un mal necesario, pero siempre nos parecerá demasiado lo que cobra y excesiva la diferencia entre el precio en origen y el que pagamos en la caja de la tienda. Que digo yo que los que tanto protestan por esos márgenes tan exagerados podían hacer lo que cae por el propio peso de su queja: ponerse ellos a ejecutar todas esas etapas intermedias tan fáciles y baratas, para que no les chupen la sangre esas sabandijas. Así se quedarían el margen del productor y el del intermediario; como, además, es una tarea tan sencilla...

Por supuesto, el papel del comerciante no es el de transportista, que es casi lo más fácil, aunque me imagino que los responsables de logística estarán enarcando sus cejas según me leen. Porque tengo claro que traer un cargamento de cualquier cosa del otro lado del mundo es bastante más complicado que escribir una columna sobre cómo lo hacen. No se me enfaden: sé que el transporte es clave, pero me parece lo menos complicado si lo comparamos con sus otras tareas. Los intermediarios cumplen tres funciones clave que casi nunca se reconocen y que en circunstancias extremas, como las que se vivieron en aquellos meses de 2020, nos pueden salvar literalmente (y sí, es literalmente) la vida:

- Información. El trabajo fundamental de estos tipos es saber dónde hay y dónde se necesita.

Por cierto, para los especuladores la cosa es todavía peor: su tarea es adivinar dónde hay ahora, dónde habrá dentro un tiempo, y dónde y cuánto se necesitará. Un especulador es un tipo que apuesta a que dentro de un año una mercancía será mucho más valiosa (escasa): si acierta, todos ganaremos (y él también, claro), porque esa mercancía estará disponible cuando es más necesaria; si falla, se comerá el stock (en ocasiones, también literalmente lo de comerse lo que compró pensando que iba a escasear).

- Riesgo. Desde mucho antes de Marco Polo, el comerciante casi siempre asume el riesgo de la empresa. El productor chino de seda cobra el primero y el consumidor sólo pagará si la mercancía llega a Venecia sana y salva (y si le gustan los nuevos diseños). Pero si la caravana se pierde un par de jornadas antes de llegar a Samarkanda o se encuentran con que una guerra entre los turcos y las tribus nómadas les impide continuar su camino... la pérdida la asumen los cofres de la familia Polo en su totalidad.

- Confianza entre las partes. La menos comprendida de sus tareas, aunque quizás sea la más importante.

Todos los comerciantes e intermediarios que en el mundo han sido actúan como garantes de la calidad del producto y de la solvencia de las partes implicadas. Desde el dueño del puesto del mercado que le dice al ama de casa, que es clienta habitual, "llévate esto, que ha llegado muy bueno"; hasta el de la tienda de informática de la esquina que nos asesora sobre el equipo a comprar. Esto no quiere decir ni que siempre digan la verdad ni que sus incentivos estén siempre alineados con los del comprador. Pero su prestigio y futuro depende de que conozcan a las dos partes del negocio que no tienen contacto entre sí: el productor (o el mayorista, si hay varios pasos intermedios en la cadena) y el consumidor. Y de que esas dos partes se fíen de ellos.

En China, en abril de 2020, no habría nada más importante que "los contactos". Imagino el caos en el mercado de productos sanitarios y la urgencia de compradores y vendedores. Con muchos actores que, además, ni se conocían, ni formaban parte del sector ni estaban acostumbrados a aquellos intercambios. Intuyo que habría miles de ofertas, de compra y de venta, algunas fiables y otras no tanto. ¿Había algo más valioso, en aquel momento, que decir "yo respondo por éste y por aquél"?

¿Responder por qué? Ante el vendedor, por la solvencia y el pago: asegurarle que aquel que quería comprar ese bien tan valioso, que tenía tanta demanda, abonaría la cantidad pactada y lo haría en tiempo y forma. Ante el comprador, por la calidad y cantidad del suministro: que supiera que aquellos que querían colocarle mascarillas, EPIs o guantes eran fabricantes serios y que, además, cumplirían con los plazos de entrega.

No tengo ni idea de si Tomás Díaz Ayuso y Priviet Sportive consiguieron el contrato con la CAM por ser aquél familia de la presidenta. No lo parece; pero si es así, estaría mal y debería ser perseguido. Pero lo que me parece increíble es el otro debate: el de los 55.000 euros de comisión por facilitar el trato para la compra de 1,5 millones de euros en mascarillas en la primavera de 2020. ¿Mucho? Me gustaría ver a todos esos que se escandalizan en Twitter intentando comprar en China: y no estoy pensando en cientos de miles de mascarillas en 2020... es que no iban a lograr ni un paquete de chicles para dentro de seis meses. Tengo para mí lo de El libro de las Maravillas no fue porque se aburriera en la prisión genovesa; me parece más probable que se le ocurriera tras la queja de un noble por lo caro que era el producto. "¿Caro? Te vas a enterar de lo que me ha costado traerte la porcelanita para el salón de baile", pensó el señor Polo.

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