La caja mágica

Siempre hay dinero para los malvados

Domingo Soriano

Las tres últimas películas que he visto en el cine son españolas. Es algo casual, no siento hacia la cinematografía hispana ninguna simpatía o rechazo especial: ni soy de esos que dicen "si es española no voy", ni de los que creen que "hay que apoyar a la industria nacional" tragándose cualquier bodrio que presente.

Como decía, en este último mes tres producciones me han convencido para pasar por taquilla. No habrá paz para los malvados, Mientras duermes y Eva son, cada una a su manera, películas muy interesantes: historias bien contadas, con buenos personajes y actores creíbles. Ninguna de ellas me cambiará la vida, pero tampoco han hecho que me arrepienta del dinero depositado en taquilla, algo que me pasa cada vez más en los últimos años con filmes de todo tipo de nacionalidad.

Pese a los prejuicios de algunos, no es extraño que la industria audiovisual española sea capaz de sacar adelante este tipo de productos. De hecho, las series hispanas compiten con las americanas por la audiencia y en muchas ocasiones las superan. No es cuestión de discutir si Cuéntame o Aída son mejores o peores que Mad Men o Modern Family, pero sí de destacar que aquéllas consiguen entre los telespectadores hispanos más audiencia y aceptación que las estadounidenses. Eso quiere decir que hay buenos guionistas, directores y actores. Y que el público acoge sus productos sin problemas.

Precisamente por eso, es más molesta la retahíla de logotipos que aparecen en los títulos de crédito, antes de la emisión de cualquier filme español. En cada uno de los tres citados, hay al menos 4 ó 5 menciones a diversos organismos públicos que han colaborado en su producción: Ministerio de Cultura, Consejería de tal o cual comunidad autónoma, TVE, ICO, Ciudad de la Luz, etc... ¿Por qué?

Si una película es capaz de conseguir el favor del público por su calidad, no es necesario que reciba ayudas. Y si no es lo suficientemente buena o entretenida para captar la atención del espectador, entonces éste tampoco debe ser obligado a financiarla con sus impuestos.

La subvención cambia por completo el orden de prioridades. Si buscas una ayuda estatal, entonces tu objetivo no será atraer al público, sino al burócrata que decide si mereces esa ayuda. En los últimos años, esto ha mejorado algo y parte del dinero público se entrega en función de la taquilla recaudada (no quiero decir que me guste este sistema, pero es algo mejor que la discrecionalidad absoluta que existía antes). Incluso así, abundan las noticias de fraudes, de filmes sin estrenar que se llevan cuantiosas bolsas de fondos públicos o de grandes fracasos en taquilla que hacen su agosto en la ventanilla ministerial. De hecho, con este esquema es casi milagroso que aún haya directores como estos tres, que sigan haciendo buen cine comercial en el mejor sentido de la palabra.

Cuando salíamos de la sala el domingo pasado, salió el tema de los cartelitos oficiales previos a los títulos de crédito. Uno de mis amigos comentó que tampoco le importaba demasiado si por lo menos las películas merecían la pena, como era el caso. Pues sí que importa, sí. Las ayudas públicas matan la creatividad, perjudican al conjunto de la economía española y obligan al contribuyente a pagar por filmes que no le agradan.

Puede que a mí me haya gustado la película de Enrique Urbizu. Puede que me alegre de su éxito en taquilla. Puede que Santos Trinidad sea uno de los personajes más interesantes que ha dado el cine negro mundial en los últimos años. Pero nada de esto justifica que el dinero de mis impuestos acabe en sus bolsillos. Además, no sólo ellos serán agraciados. También muchos vende-motos con pretensiones de intelectualidad se llevarán su parte. Y productores aprovechados, y directores mediocres, y actores de medio pelo... Cuando se trata de fondos públicos, siempre hay dinero para los malvados.

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