La caja mágica

Roosevelt, Roures y el "capitalismo salvaje"

Domingo Soriano

En una ocasión, le preguntaron a Franklin Delano Roosevelt qué libro entregaría a cada ruso para demostrarles la superioridad del modo de vida americano sobre el soviético. El creador del New Deal respondió que el catálogo de ventas por correo de Sears. Definitivamente, FDR era un intervencionista de tomo y lomo, un oportunista y un político con más envoltorio que sustancia... pero de tonto no tenía un pelo.

Algo parecido me ocurrió el otro día cuando le comenté a un amigo que iba a comenzar a escribir esta columna, La caja mágica, en la que pretendo reseñar lo más interesante que me encuentre en mi paseo por televisiones, canales de internet, webs de vídeos, documentales, etc... Mi conocido me aconsejó que, en las primeras semanas, buscase un buen ejemplo de lo que es el capitalismo y de sus ventajas frente al intervencionismo estatal. Estuve varios días rebuscando en la red el vídeo perfecto, aquél en el que un buen profesor explicase a sus alumnos en una sola conferencia todas las claves del liberalismo. Miré programas antiguos, encontré viejos documentales en los que aparecía Milton Friedman y rastree todas las webs liberales que conozco. Nada se ajustaba exactamente a lo que yo quería.

Hace un par de sábados por la mañana, viendo la tele en mi casa, me acordé de FDR, del catálogo de Sears y puse La Sexta. Allí estaba la mejor demostración de todo aquello que yo quería explicar. Sí, la cadena de Jaume Roures puede ser el lugar menos pensado para encontrar una defensa del capitalismo pero, aunque él no lo sepa, es lo que hace todas las mañanas de los fines de semana. Los sábados y domingos, entre las 10.00 y las 13.00 aproximadamente, La Sexta programa una serie de fantásticos documentales sobre las maravillas que el ser humano ha sido capaz de construir en las últimas décadas. A veces son Mega Construcciones, otras Fronteras de la ConstrucciónBarcos poderosos o El Mundo del mañana. Da igual, todos ellos son maravillosos ejemplos de lo que una sociedad libre, el mercado y el capitalismo son capaces de conseguir si se les deja.

En concreto, ese día tocaba una de Barcos poderosos y el nombre de la serie era realmente perfecto para retratar el Faust, el descomunal carguero que posee la compañía sueco-noruega Wallenius Wilhelmsen. Este barco con forma de caja se utiliza fundamentalmente para transportar coches, camiones o tractores a través del Atlántico, uniendo las fábricas europeas y americanas con sus clientes al otro lado del océano. Viendo el documental, uno no podía menos que preguntarse, ¿cuánta gente puede haber involucrada en esto y cómo consiguen coordinarse todos? Ningún planificador, ni autoridad central ni burocracia podría acercarse nunca al grado de eficiencia que demostraban todos los que allí participaban.

Los más de 7.500 vehículos que caben en el Faust llegaban al puerto de Southampton, en Inglaterra, en miles de camiones, que los traían a su vez de cientos de fábricas. Sin embargo, en ningún momento había sensación de caos. Ver cómo encajaban las piezas era maravilloso. Un ejército de conductores iba metiendo los coches en el barco a toda velocidad y, al mismo tiempo, con un absoluto cuidado, pues cualquier roce dañaría la preciada carga. En apenas unas horas, estaba todo listo y nuestro gigante partía rumbo a Newark, New Jersey, uno de los mayores puertos de Estados Unidos.

Durante el trayecto, el barco estaba sometido a las inclemencias del tiempo y al movimiento del mar, por lo que toda su carga tenía que ir absolutamente anclada. Así pues, era necesario combinar un aprovechamiento máximo del espacio (los coches viajan casi pegados unos a otros) con un preciso sistema de seguridad que impida que se desplacen. Además, hay que manejar el barco, vigilar las inclemencias atmosféricas, cuidar las máquinas e incluso cocinar para la tripulación. Cualquiera pensaría que son necesarias cientos de personas para llevar a cabo estas tareas; un buen burócrata sería capaz de distribuir sin problemas 400 ó 500 puestos de trabajo que, a primera vista, no parecerían redundantes. El Faust se desenvuelve con apenas 40 miembros en su tripulación.

Al mismo tiempo, era fantástico ver las instalaciones, con comodidades (sala de juegos, gimnasio, comedor,...) que uno creería privativas de los cruceros de lujo. Emocionaba observar a estos excelentes marinos comunicarse con sus familiares vía internet. Y uno sentía incluso algo de envidia al oírles contar cómo trabajan diez semanas y descansan otro tanto, lo que les permite pasar mucho tiempo con los suyos.

También sorprendía observar la sala de mandos, más parecida a lo que uno espera encontrarse en una empresa de alta tecnología que en un carguero. O los modernísimos sistemas de seguridad, que permiten evacuar a todos los tripulantes en una lancha salvavidas en apenas unos minutos.

Es extraño que sea la cadena del productor de Los lunes al sol, una de las películas más llamativamente inmorales de los últimos años y donde la construcción de barcos también está muy presente, la que nos enseñe al Faust. Mientras lo veía cruzar el Atlántico, me preguntaba, ¿cuánta gente habrá participado en el comercio de estos coches?: en las empresas que extrajeron el acero y el hierro, en las marcas que los fabrican, en las factorías de componentes, en los sistemas electrónicos, en las empresas transportistas que los llevan hasta Southampton, en las que los recogen en Newark y los conducen a los concesionarios, en los departamentos de publicidad de todas estas compañías, en el Faust y en Wallenius Wilhelmsen.

Después de todo este proceso, esos coches se venden desde 15.000 ó 20.000 euros. ¡Y da para pagar un buen sueldo a todos los componentes de esa larga cadena, mientras los americanos pueden disfrutar de un vehículo europeo a un precio razonable! ¿Cómo puede ser?

Roosevelt, que no era precisamente liberal, se lo podría explicar perfectamente a Roures, que se define como marxista y comunista. Viendo las dimensiones y los logros del Faust quizás, incluso, añadiría uno de los adjetivos más del gusto de los informativos de La Sexta. Porque todo esto es fruto, simplemente, del "capitalismo más... salvaje".

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