¿Gasolina, sí o no? Órdenes claras, por favor

Domingo Soriano

A la izquierda española ya sólo le pido que me dé instrucciones precisas. Me he rendido. Tienen razón en todo. Son mejores personas. Nunca fallan. Asumo su control sobre mi vida y la necesidad que tengo de que me guíen. A estas alturas, lo único que imploro es que no me líen. Que me digan lo que tengo que hacer. Y yo obedezco. En el fondo, soy un mandao.

Por ejemplo, si los niños y las niñas no son ni una cosa ni la otra, que me lo aclaren. Estoy dispuesto a empezar a hablar con la "e". Pero necesito saberlo con certeza, porque luego ellos, cuando hablan de sus hijos o anuncian sus embarazos, tiran de los mismos pronombres que utilizaba mi abuela. Y eso sí que no: o todos niñes o todos de azul y rosa, a ver si vamos a ser nosotros los únicos que nos adaptamos.

Con lo del transporte, me pasa algo parecido. ¿Conduzco o no? Porque yo, que llevaba ya unos meses entrenándome en la bici estática para subir la Castellana a buen ritmo cuando llegase la primavera, ahora me he enterado de que el Gobierno de progreso tiene planes de bajar los impuestos a los carburantes. Y de nuevo, la duda: ¿no era malísimo tener coche? ¿O es que ha pasado a ser una buena idea según se ha encarecido la gasolina? Sé que también han recomendado el uso de la bicicleta. Pero aquí, como con los pronombres, yo miro más lo que hacen que lo que predican.

Vamos a los dos primeros epígrafes del capítulo 1 de Economía Política: 1.1 Impuestos para principiantes y 1.2 Fundamentos del sistema de precios. En el primero nos dicen que los tributos a los carburantes, a la energía, al tabaco o al alcohol en realidad no tienen un afán recaudatorio. Tampoco es que vayan a quemar luego lo requisado. Ya que lo tienen, lo gastan (en nuestro beneficio, por supuesto). Pero el mensaje que siempre nos mandan es que lo hacen por nuestro bien (para que no fumemos o bebamos "con moderación") y para reparar una externalidad negativa.

Con esto último, a los liberales y a los economistas nos ganan. El argumento tiene lógica y ese punto académico un poco freak: el impuesto pigouviano por excelencia. La lógica está clara: tú internalizas todos los beneficios de coger el coche; pero los males, se los encalomas al resto en forma de contaminación, suciedad y ruido. El resultado es un no-óptimo social: tenemos más desplazamientos de los que tendríamos si los beneficios y costes estuvieran repartidos como se merece. ¿La solución? El impuesto. De esta manera, el que conduce asume el beneficio, pero también paga el coste cuando echa gasolina.

En este asunto, además, hay un agravante: la emergencia climática. Llevan años diciéndonos que cuando sacamos nuestro coche del garaje ya no sólo estamos contaminando, ensuciando, molestando a peatones y ciclistas, haciendo invivible nuestra ciudad; todo eso y, además, amenazando nada más y nada menos que el futuro del planeta. Fiscalidad verde, lo llaman, como si cada impuesto a la gasolina fuera a ir destinado a plantar un árbol (ya les digo yo que no).

El segundo epígrafe es el del sistema de precios. ¿Para qué sirven los precios? Viendo cómo los tratan nuestros líderes no tengo claro que lo sepan. Pero alguno sí. La vicepresidenta Nadia Calviño, por ejemplo, se ha opuesto a algunos de los desmanes de sus compañeros morados con el alquiler. Como decíamos el otro día, los precios son información e incentivos. Por una parte, nos indican que si un bien es más o menos escaso en relación al resto. Así, si el litro de gasolina sube, puede ser porque haya menos petróleo en el mercado, quizás porque aparecen cuellos de botella en el suministro, porque se haya encarecido su extracción, porque se hayan puesto de moda las rancheras... ¿Quién sabe? Razones puede haber muchas, pero el precio nos está:

  1. Informando: de que dicho bien es más escaso en términos relativos que antes. O porque hay la misma cantidad pero han cambiado los gustos del público y ahora quiere más; o porque no han cambiado los gustos pero hay menos cantidad que hace unos meses; o porque los productores, ante el encarecimiento de los costes, exigen más a cambio de su trabajo (y ahí está nuestro papel de consumidores, para decidir si se lo pagamos o no)
  2. Incentivando: si quieres un litro, tendrás que renunciar a más de otros bienes, con lo que no te iría mal empezar a pensar en alternativas a la gasolina. Bicicleta, coche eléctrico, mudarte a la selva... hay todo tipo de posibilidades. Mientras, a los productores, el precio más elevado les dice: "Investigad y desarrollad otro tipo de motores", "buscad petróleo en sitios en los que antes no mirabais", etc...

Pero entonces, cómo puede ser que en el momento en el que suben los precios de la gasolina, aparezca el Gobierno para decir que los bajará. ¿Y eso? Si te crees lo de la emergencia climática, deberías dar palmas con las orejas. Porque no ha habido ningún plan pro-renovables, ningún campaña de publicidad, ninguna hora del planeta mejor diseñada que ésta. El precio de la gasolina tiene dos partes: impositiva (para que cada uno pague lo que hace mal; contaminar) y precio de la materia prima (para retribuir a los que participan de la cadena de valor). De nuevo, primero de Economía.

Pues bien, qué más quieres. El impuesto no lo puedes cambiar, porque estamos en una emergencia. ¿O no es tan emergencia? Y la otra parte del precio del litro de gasolina (la que refleja lo que ocurre en los mercados internacionales), no debes tocarla: porque distorsionarías la señal que se envía a los consumidores y que, en teoría, es la que tú llevas años diciendo que hay que enviar. ¡Qué mejor forma de disciplinarnos y cambiar nuestros hábitos que unos meses con la gasolina a 2 euros el litro! ¿Quieren transición energética? No se preocupen, que la hará el consumidor sin ayuda de un Plan Renove para el coche eléctrico.

¿Quién sale beneficiado de estos costes? ¿Qué sector? ¿Qué hábitos de consumo? La lógica nos dice que esos incentivos de los que tanto hablan los economistas funcionarán y habrá:

  • más comercio de proximidad: se abaratará en términos relativos frente a los productos manufacturados o cultivados lejos del consumidor;
  • menos consumo de gasolina: y, por lo tanto, emisiones;
  • más ventas de bicicletas, motos y coches eléctricos;
  • más transporte público; menos desplazamientos en nuestras ciudades;
  • menos consumismo inútil: será más barato, en términos comparativos, producir por nosotros mismos los bienes que usamos (no es que vayamos a ponernos a hacer zapatos de un día para otro... pero aquellas cosas que a veces sólo compramos por costumbre o pereza, empieza a ser más atractivo redescubrirlas en formato casero).

Como siga esta situación unos meses más, tendremos que jubilar a Alberto Garzón, porque todos los objetivos de su ministerio de Consumo estarían más que conseguidos. No van a hacer falta más guías de consumo sostenible ni más campañas para disciplinarnos.

¿Y justo ahora salen con que van a rebajar impuestos a la gasolina? Pero, ¿se creen lo que nos dicen o no? A ver si va a ser esto como lo de los niñes. Estoy hecho un lío. Tras el dictamen del Libro Blanco de la Fiscalidad que había encargado María Jesús Montero, yo ya me había convencido de que para sostener unos servicios públicos de calidad tenía que pagar más (las listas de espera son porque pagamos menos, no porque gestionen mal). Y no les digo nada de la emergencia climática: iba a instalar un contador en casa para saber si éramos sostenibles o no (funcionará con energía solar, claro).

Creo que no es mucho pedir. Después de décadas con la matraca del calentamiento y haciéndonos sentir culpable por tener coche... lo único que les suplico son ¡¡¡órdenes claras!!!

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