El Índice que vuelve locos a los agoreros: cada año disponemos de más recursos

Domingo Soriano

Si sólo pudiera mandar un link a mis conocidos, alumnos, lectores... creo que sería éste. Como verán los que hayan tenido la curiosidad de pinchar en el mismo, redirige a la página del Índice de la Abundancia, una iniciativa en honor del economista estadounidense Julian Simon.

Simon fue famoso, entre otras cosas, por hacer (y ganar) la apuesta más conocida de la historia de la economía. Aunque ya lo hemos contado en alguna ocasión, merece la pena recordarlo: era el final de la década de los 70 y las predicciones catastrofistas sobre el crecimiento de la población mundial y su impacto en el planeta estaban a la orden del día. Y pocos superaban en pesimismo a Paul Ehrlich, biólogo y uno de los ideólogos del Club de Roma: el tipo había publicado un libro que se titulaba The population bomb.

En aquel contexto, tras varios años de inflación desbocada y con una crisis del petróleo que parecía no tener fin (recordemos la Revolución Iraní de 1979), Simon retó a Ehrlich a que escogiera cinco materias primas y un período de tiempo superior a un año. Si el precio (en términos reales) de esa cesta era superior al final de dicho período, ganaba Ehrlich: porque ese incremento del precio querría decir que dichas materias primas estaban haciéndose cada vez más escasas, la presión sobre los recursos crecía y corríamos el riesgo de entrar en un proceso de guerras, lucha por esos recursos, pobreza... Malthusianismo del siglo XX. Por el contrario, si el precio de la cesta bajaba, ganaría Simon.

Lo que pasó luego es más conocido. Ehrlich eligió "cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno". La cantidad acordada ascendió a 1.000 dólares (aunque, en realidad, la cantidad final a pagar dependía de la diferencia de precio de la cesta en esa década). Y el período de cómputo se estableció entre el 29 de septiembre de 1980 y el mismo día de 1990. ¿Resultado? Los cinco minerales cayeron de precio en ese período y Ehrlich envió a su adversario, por correo, un cheque de 576,07$ como pago.

La clave de todo la tenía el título del libro más famoso de Simon: El último recurso. ¿Cuál es ése último recurso? ¿Petróleo, carbón, uranio? No, la imaginación humana. Ahora que, entre los cuellos de botella, la crisis del Covid, las regulaciones verdes y la amenaza de un conflicto bélico, los precios de las materias primas vuelven a amenazar con dispararse, no está de más recordar que no sólo no vivimos en un mundo con más problemas en este ámbito que el de nuestros padres y abuelos. Al revés: en términos de recursos, la Tierra está creciendo, no menguando. Cada vez tenemos más y no menos. Y los tenemos porque somos más: el incremento de población ayuda a que dispongamos de más recursos.

Los recursos

Antes de que a alguno le empiece a dar vueltas la cabeza, vamos con la explicación:

  • Los recursos los definimos nosotros. Gale Pooley y Marian Tupy, los dos economistas que hay detrás del Índice de la Abundancia, lo explican con un ejemplo muy conocido: "Las reservas de agua dulce han estado cayendo durante décadas, llevando a muchos escritores a alertar sobre futuros problemas de abastecimiento de agua. Sin embargo, el 71% de la Tierra está cubierta por agua (principalmente, del mar). Lo que es necesario en las regiones más afectadas por la sequia es un proceso de desalinización a un precio asequible. Israel es pionero en este camino y ha conseguido que el agua corriente que consumen sus ciudadanos sea un 48% más barata que el precio que pagan los habitantes de Los Ángeles".
  • Del mismo modo, la cantidad de petróleo, café, azúcar, madera, platino, níquel... que usamos y de la que disponemos depende en parte de su presencia en la naturaleza. Pero casi más importante son las herramientas tecnológicas que nos permiten aprovecharlos. Una bolsa de crudo a 20 kilómetros en vertical de la superficie terrestre puede ser la nada (si no sabemos que está allí o no sabemos cómo sacarlo) o un recurso natural muy valioso. La diferencia está en nuestra capacidad para extraerlo y usarlo.
  • Pero, ¿alguna vez se acabarán, no? Pues no lo tengo nada claro. En primer lugar, porque ya no es ciencia-ficción que esa misma tecnología nos pueda llevar a explorar fuera del planeta en busca de lo que escasee por aquí. Porque cada día sabemos más sobre cómo aprovechar recursos ilimitados (sol, viento...) Y además, porque las combinaciones que podemos hacer con lo que tenemos ahora son también ilimitadas (Pooley y Tupy hablan de un piano, que sólo tiene 88 teclas pero, al mismo tiempo, un número infinito de combinaciones entre ellas).

En este contexto, la idea del Índice de la Abundancia es comparar cuánto nos cuesta adquirir las principales materias primas. Y no hablamos sólo en términos de precios-inflación: aunque a largo plazo también aquí la tendencia es más bien decreciente, hay otros factores que pueden influir y distorsionar el análisis.

[Para los que estén interesados en este tema y en una aproximación más convencional, mirando los precios reales: (1) aquí las cifras de Our World in Data para alimentos básicos: tomando 1900 como referencia igual a 100, la mayoría ha sufrido una caída de más del 50% desde comienzos del siglo XX y sólo la carne de ternera y de cordero han incrementado su precio respecto a la inflación. (2) En este otro enlace, precios de los metales más usados por la industria, también con un resultado similar: caídas en precios reales para casi todos, con la excepción del manganeso y el cromo].

Pooley y Tupy se centran en una variable que denominan "Precio-Tiempo" y que se podría traducir como el número de horas que le llevaría al trabajador medio del planeta ganar el salario necesario para comprar una cesta que incluyera las 50 commodities más importantes: café, azúcar, plata, carne de cerco, cacao, trigo, arroz, maíz, madera, petróleo, plomo, cobre...

Es una buena forma de mirar este problema, porque nos habla de los aumentos de productividad de ese trabajador medio y del uso cada vez más eficiente que estamos haciendo de la tecnología para aprovechar esas materias primas. Sólo con la combinación de ambos podría conseguirse lo que a primera vista parece imposible: (1) aumento sostenido de la población a nivel mundial; (2) crecimiento económico; (3) incremento en el consumo de la mayoría de esas materias primas derivado de los dos primeros apartados; (4) caídas constantes en el Precio-Tiempo desde 1980.

Porque esto es lo que ha pasado. Entre 1980 y 2019 (pre-pandemia) el Precio-Tiempo de la cesta de las 50 commodities más importantes se desplomó un 74,2% de media. El café encabeza la lista de caídas (86,8%) y el Zinc la cierra (34,4%), pero todas descendieron en términos de lo que nos cuesta conseguirlas. Podemos verlo de dos formas:

  • El trabajador medio a nivel mundial podía comprar con una jornada de trabajo de ocho horas en 1980 una determinada cantidad de esa cesta de 50 materias primas; pues bien, ahora esa misma cantidad puede adquirirla con lo que cobra durante las primeras dos horas de esa jornada.
  • Si lo miramos en sentido contrario y medimos el tiempo de trabajo que en 1980 le permitía comprar una cesta completa que diseñemos (con un litro de crudo, un kilo de arroz, etc...): ahora ese mismo tiempo de trabajo le permitiría comprar 3,87 cestas (lo que quiere decir que el Índice de Abundancia del trabajador medio se ha disparado un 287%).

Para rematar el análisis, hay que recordar que no tenemos, ni mucho menos, la misma población que en 1980. Porque la retórica sobre la escasez de recursos va unida casi siempre a la del aumento de los habitantes en el planeta. En realidad, en estas cuatro décadas, hemos pasado de 4.458 millones a 7.677 millones de habitantes (un 73,2% más). Nos dicen que esto supone una presión insostenible sobre los recursos y las materias primas. Pero ya vemos que no es así.

En realidad, estamos consiguiendo, si lo comparamos en términos relativos y añadimos a la ecuación esa población creciente, un 570,9% más que entonces: es el resultado de tomar el índice de Precio-Tiempo y añadirle el factor incremento de la población. Esto es lo que mide el Índice Simon de la Abundancia y es una cifra espectacular.

Por último, los autores de este trabajo también han medido lo que denominan como elasticidad precio de los recursos en relación a la población. De nuevo, obtenemos un resultado sorprendente: por cada 1% de incremento de la población, los precios de los recursos cayeron un 1,014%. Sí, cada nuevo acompañante en el planeta parece hacer los recursos más abundantes... y no menos. En realidad, es lógico: en primer lugar porque cada nuevo ser humano es alguien más que aplica su imaginación e inteligencia a la cuestión de cómo obtener más recursos; y porque también cada nuevo ser humano es un incentivo para que el resto pensemos en cómo alimentarle, vestirle y calentarle. Por lo que hacemos y por lo que empujamos a los demás a hacer, el incremento de población que hemos visto en el último siglo no es una condena, sino una bendición.

Es una pena que al genial economista norteamericano no se le ocurriera incluir estas cifras en su apuesta: sus herederos (Simon falleció en 1998) le habrían sacado una pasta a todos los agoreros que en el mundo han predicado, legislado y pontificado. Y no es necesario recordar que han sido, son y serán muchísimos.

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