Soy negro y gay: pegadme, por favor

Daniel Rodríguez Herrera

Incluso en Estados Unidos, con todo lo racista, machista y homófobo que nos dicen todos los días que es, la demanda de delitos de odio es muy superior a la oferta. Y lo es, en primer lugar, porque, oye, quizás es un poco mentira esa idea de la izquierda de que el país es un infierno repleto de rednecks que votan a Trump y hacen la vida imposible a todo aquel que no sea hombre, blanco, americano y heterosexual, no en vano inmigrantes de todos los colores y orientaciones sexuales quieren vivir allí. Y, en segundo lugar, porque ser víctima se ha convertido en el símbolo de estatus definitivo, así que hay muchos dispuestos a todo con tal de recibir todos los puntos posibles en esa escala de opresión, para demostrar que son víctimas de primera categoría.

Jussie Smollett ya estaba muy bien colocado en ese escalafón –lo llaman interseccionalidad–, al ser negro y gay. También era actor y rico, porque cobraba alrededor de 125.000 dólares por episodio de la serie Empire; pero esas cosas nunca entran en la ecuación con que la izquierda estima qué privilegios tienes y cuán oprimido estás. De ahí que un desempleado blanco y pobre adicto a los opioides disfrute plenamente del "privilegio blanco", pero un negro gay con la faltriquera bien cubierta sea siempre una víctima. El problema es que Smollett estaba molesto. Pensaba que no cobraba lo que merecía. Así que decidió aumentar su fama y estatus siendo víctima de una agresión racista y homófoba por parte de dos blancos que llevaban gorras con el eslogan trumpista "Make America Great Again" (MAGA), le dedicaron insultos racistas y homófobos al tiempo que gritaban –¡en Chicago, donde no gobierna un republicano desde 1931!– que estaban en "zona MAGA" y lo rociaban con lejía y le enrollaban una horca en el cuello.

El relato sonó raro desde el principio. Parecía de película. Desde el hecho de que Smollett fuera a comprar comida a un Subway a las dos de la mañana en una fría noche de enero con temperaturas que bajaban de los diez grados bajo cero hasta el hecho de que en semejantes condiciones justo le diera por tropezar con unos agresores que estaban ahí esperando con una cuerda y lejía para atacar al primer negro gay que se encontraran por la calle. Pero eso no impidió que toda la izquierda norteamericana se lanzara en tromba a indignarse y solidarizarse con él. Desde la inevitable Alexandria Ocasio-Cortez hasta el actual presidente y la actual vicepresidenta del país, pasando por estrellas del espectáculo y, general, toda la élite biempensante.

La policía pronto descubrió que, efectivamente, parecía una película, porque el propio actor había montado aquella escena de teatro, contratando a dos hermanos, extras de la serie Empire, de origen nigeriano, para que actuaran en el papel de supremacistas blancos homófobos. La fiscalía del condado de Cook, sí, la de The Good Wife, se negó a encausarlo, y tuvo que ser finalmente un juez quien designara un fiscal especial para que el caso pudiera llegar a juicio. Ha sido condenado este jueves por cinco de los seis cargos de denuncia falsa ante la policía y podría enfrentarse a tres años de prisión y el pago de todos los costes policiales que provocó. El fiscal incluso se plantea acusarle ahora de perjuro por su declaración en el juicio, aunque lo más probable es que no entre en la cárcel y se solucione con unos meses de servicio a la comunidad y una multa.

Hay tantos y tantos racistas y homófobos en Estados Unidos que Smollett tuvo que contratar a dos extranjeros negros, al menos uno de los cuales era homosexual, para que simularan una agresión. Lo ha pagado ya con su carrera, lo que tiene sentido, porque en este episodio ha demostrado ser muy mal actor, director, guionista y, sobre todo, un terrible director de casting. Pero quienes alimentan esa histeria perpetua, los del Black Live Matters, los demócratas, los medios, los Ibram X. Kendi, Ta-Nehisi Coates y Robin DiAngelo, los gigantes de internet, la industria del falso victimismo que en España vivió un episodio similar con el bulo del culo, no pagarán por convertir su país en el caldo de cultivo que permite pensar a Smollett y a muchos como él que inventarse un incidente racista les beneficiará.

La izquierda está consiguiendo que los epítetos que empleaban para expulsar a sus oponentes del debate público estén perdiendo fuerza a marchas agigantadas. Que te llamen facha es una medalla de honor, que llevamos con orgullo hasta los liberales, a quienes los fascistas de verdad odiaban. Si te llaman machista por estar contra la ley integral de violencia de género y cualquier ley que castigue de forma distinta dependiendo de tu sexo, eso significa que cualquiera que se rebele contra la injusticia es un machista. Cuando estar en contra de la inmigración ilegal te convierte en xenófobo, que te llamen xenófobo carece de importancia; es más, para muchos es un signo de que estamos en el lado correcto de la historia. Si dudar de Smollett te convierte en racista y homófobo, ¿cómo no querer que te dediquen esos amables adjetivos?

Al final, lo peor que se puede ser en esta vida es un feminista inclusivo, una persona de mucho progreso con principios y conciencia social. Es lo que son quienes aplauden el acoso de un crío de 5 años por pretender sus padres que se cumpla la ley y reciba un mísero 25% de sus clases en castellano. Prefiero mil veces ser facha. Y cada vez somos más.

A continuación