La izquierda Sara Sálamo

Daniel Rodríguez Herrera

En una entrevista de un ilustre miembro del club de niños bien con pupitre en el Colegio del Pilar, Sara Sálamo se quejaba de que la gente criticara a su novio Isco por haberle gustado, y por tanto promocionado, "un tuit de izquierdas". Según el periodista, bien entrenado, se trataba de un mensaje que "criticaba" a los "cayetanos". El tuit en cuestión se jactaba de su última compra de una camiseta en la que las siglas ACAB no llamaban como es habitual bastardos a los policías (cops en inglés) sino a los cayetanos. Un insulto directo es una crítica, dice uno. Un insulto a las personas adecuadas es la izquierda, contesta la otra. Y el caso es que tiene razón. La izquierda hoy día es eso.

Durante estos últimos meses, la izquierda se ha apuntado con entusiasmo a la policía del balcón y cuando empezaron las protestas contra su Gobierno se dedicó a modo a insultar a los manifestantes. Periodistas progres de clase infinitamente más acomodada que los manifestantes y residentes en Malasaña o aspirantes a serlo hablaban de los pijos del barrio de Salamanca con un desprecio con el que jamás hablaría un obrero. Pero hete aquí que desde ese Estados Unidos que tanto odian han llamado a diana y rápidamente han cambiado el chip. Las mascarillas y el distanciamiento social ya no importan. Los inmigrantes africanos tienen todo el derecho a manifestarse delante de comisarías bien juntitos y sin ningún tipo de protección por la muerte de un yanqui. Pero que no se te ocurra protestar con mascarilla y distanciados unos de otros por una gestión lamentable que retrasó primero tomar medidas por celebrar la fiesta suicida del 8-M y luego adoptó las más extremas posibles demasiado tarde, de modo que resultara en más de 40.000 fallecidos y el ratio de muertos por habitante más alto del mundo si se cuenta de la misma manera a la que se hace en países como Bélgica. No. Hay que protestar por George Floyd, los mismos que ignoran quién fue Justine Diamond.

La izquierda hoy día nunca trata del qué, sino del quién. El ingreso mínimo vital no es discutido por sus virtudes ni por los detalles de su implantación, como eso tan repugnante de dejar fuera a empresarios y autónomos, sino por lo buenos que son los padres escolapios que nos llevan de excursión, viva Pedro y viva Pablo. Que en la pérfida Madrid neoliberal exista desde hace décadas no les hará alabar a Leguina (que lo implantó), Gallardón, Aguirre, González, Cifuentes, Garrido o Ayuso, que lo mantuvieron y aumentaron. Porque la medida les da igual. Sólo es buena en tanto les hace parecer solidarios y superiores moralmente a los malos, esos que votan al PP o a Vox. Los de Ciudadanos, a quienes insultaban y expulsaban de sus manifestaciones con el aplauso del Gobierno, ahora que lo apoyan tienen bula, que durará lo que dure el apoyo. Luego volverán a ser fachas, que es lo que han sido siempre, al menos todos aquellos que no abandonen el barco para ingresar en la PSOE, de lejos la empresa que más valora y premia a los traidores de los demás partidos.

Ayer mismo, el ínclito Antonio Maestre, el periodista Lacambra por excelencia, criticó a Ramos, Reina y Soldado llamándolos irónicamente "la intelectualidad" mientras alababa a Borja Iglesias. Y es que unos critican al Gobierno mientras el segundo se pinta las uñas de negro, lo cual le hace estar del lado correcto de la historia, ya saben. En concreto, del lado que apoya él y apoyan las multinacionales norteamericanas, de Nike a Facebook. Porque la valentía hoy día se mide en lo cerca que estás del consenso, no de que te rebeles contra él. Ser valiente es recibir alabanzas día y noche en la tele por decir las cosas correctas. La rebeldía es estar con el rebaño, el valor verse reconocido por él. Como los maniquíes de Operación Triunfo, arrodillándose para rendir pleitesía a la última moda de la izquierda, pero incapaces de homenaje alguno a nuestros 40.000 muertos, porque con un Gobierno de izquierdas hay que esconderlos debajo de la alfombra.

Eso es la izquierda hoy. Los mismos que dicen defender a la población negra de Estados Unidos aplauden que salgan a destrozar y arruinar negocios propiedad de afroamericanos mientras se contagian, aumentando el número de vidas destrozadas y de muertos entre su población. Porque ser de izquierdas no supone hacer nada útil y real por nadie, sino aparentar que se hace, aunque el resultado sea contraproducente. Y contra la hegemonía de la que disfrutan en el mundo de la cultura, los medios, la educación y cada vez más en la empresa hay que luchar todos los días sin descanso alguno.

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