Juana Rivas y la izquierda pederasta

Daniel Rodríguez Herrera

De todo lo que he escrito sobre el caso de Juana Rivas, de lo único que me arrepiento es de haber considerado que Paqui Granados la había manipulado para convertirla en una mártir del feminismo, un símbolo. En ese momento pensaba que Rivas quizá fuera una víctima de sus consejos, una víctima que sería la que sufriría las consecuencias, mientras Granados, por supuesto, se iría de rositas. Pero ahora sabemos que Rivas es una mala persona y una pésima madre. Es decir, una feminista por derecho propio. No sólo se negó a denunciar o siquiera llevar al médico a su hijo de tres años con indicios de violación anal, sino que más tarde intentó usarlo en beneficio propio acusando al padre de los abusos, para finalmente pedir que el caso se sobreseyera completamente. Es decir, que la juez lo archivara para que nunca se supiera qué había pasado en ese fin de semana en la casa rural a la que llevó a los niños.

Ahora sabemos que el Tribunal Supremo, que evaluó si merecía o no el indulto, no supo de estos hechos porque el Ministerio de Justicia no los incluyó en el expediente. Pero el Gobierno sí tenía el informe que ocultó a los jueces, sí que lo sabía cuando decidió indultar a la secuestradora, a quien le importa más que el padre de sus hijos no los vea jamás que el hecho de que abusen sexualmente del de tres años. Naturalmente, la izquierda ha hecho lo de siempre: cargar contra el magistrado que le ha negado la salida de prisión a Juana Rivas. Pero daría igual si fuera Franco reencarnado. No fue él quien investigó el caso de abusos: fue una juez la que concluyó que los hechos sucedieron, aunque no pudiera determinar su autor.

Decía Lucía Méndez, esa brújula moral que siempre apunta en la dirección equivocada, que es un error y un horror utilizar en la misma frase al "niño de Canet, al hijo de Juana Rivas, a las menores prostituidas en Palma y a la menor víctima de abusos por el ex marido de Mónica Oltra". Pero precisamente la longitud de esa retahíla lo que desvela es que no estamos ante anécdotas, sino ante un patrón en el que incluso faltan algunas piezas, como Infancia Libre. A la izquierda sólo le interesan los niños si los puede utilizar políticamente. Cuando, al contrario, estorban para sus fines, los emplea como material de usar y tirar. Y no es algo de Podemos, el PSOE o Compromís. Lo hacen todos.

Oltra podría estar horrorizada ante lo que hizo su marido, pero lo cierto es que intentó que la menor no denunciara y procuró tapar el caso todo lo que pudo. No servía a sus intereses, así que usó a esa menor como un medio para un fin: conservar la poltrona. A la coalición entre PSOE y Podemos en Baleares le ha dado tan igual la red de trata de menores bajo su cargo que no sólo se han negado a investigarla, sino que ha ascendido a todos los que tenían responsabilidad. Ya hemos visto lo mucho que importó a Irene Montero y compañía lo que hicieron al hijo menor de Juana Rivas mientras estaba a su cargo. Y en cuanto al niño de Canet, ¿qué podemos decir? Podríamos ser incluso benévolos y concluir que los Presupuestos son más importantes que el acoso que están sufriendo él y su familia por pedir que se cumpla la ley, la misma ley de la que se benefician los hijos del consejero de Educación de la Generalidad. Pero, francamente, ¿hay alguien que piense que la reacción del Gobierno sería distinta si hubieran sido ya aprobados? Para ellos, el nacionalismo está en el lado correcto de la Historia, porque cuenta con sus votos. De modo que pueden hacer lo que quieran con sus niños, que en la izquierda no encontrarán más que apoyos y aplausos o, en el mejor de los casos, indiferencia.

Viene de lejos, no se crean. La vieja izquierda obrera, y quienes aún se creen que la izquierda es la que se preocupa por los trabajadores, posiblemente se lleven las manos a la cabeza ante todos estos casos, pero tragarán. La izquierda posmoderna, la izquierda progre que nació en Mayo del 68 y que ahora está al frente del cotarro, siempre ha tenido el abuso sexual a menores como algo retrógrado. Los grandes popes de aquel movimiento –Derrida, Foucault, Althusser, etc.– llegaron a firmar un manifiesto en 1977 contra las leyes que marcaban una edad mínima para poder dar su consentimiento a tener relaciones sexuales. Libération hasta llegó a publicar como acompañamiento a sus defensas de la pederastia una ilustración bastante asquerosa de una niña haciendo una felación, a la que no enlazo porque, francamente, es pornografía infantil. Esa es la misma izquierda posmoderna que manda hoy en los partidos de izquierdas de todo Occidente. Una izquierda pederasta. ¿Por qué le iba a importar lo que le hagan a un niño de tres años? Lo único que cuenta para ellos es dividirnos entre hombres y mujeres, blancos y negros, heterosexuales y homosexuales; convertir a las personas en una suma de identidades y en participantes de un juego de opresor y víctima. Los niños no se sientan a esa mesa, así que abusar de ellos está perfectamente permitido. Lo único que cuenta es que Juana Rivas es víctima por ser mujer. Por eso es un símbolo. Cuanto peor persona y peor madre sea, mejor, porque así pueden demostrar hasta qué punto están dispuestos a aplastar el sentido común y los derechos individuales; al punto de devolver unos niños a una madre que se negó a denunciar o siquiera llevar al médico a su hijo de tres años con indicios de violación anal.

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