La economía española, la crónica de un desastre anunciado

Daniel Rodríguez Asensio

Esta última semana de octubre ha sido la enésima aciaga para el Gobierno de España. Se las veían felices con unos datos de empleo que cada vez tienen menos credibilidad y, sin embargo, la cascada de malas noticias ha acabado por eclipsar cualquier mensaje positivo por parte del Ejecutivo.

La economía española está entrando en una situación muy delicada. Recuerdo cuando el año pasado hablábamos en Libre Mercado de tasas de paro equivalentes —teniendo en cuenta ERTE y autónomos en cese de actividad— que oscilaban en torno al 30%, de un endeudamiento público desbocado y de un fenómeno, el de la inflación, que tan solo existía en los libros de historia económica.

Ya saben, éramos unos agoreros de derechas que veíamos la realidad económica bajo un prisma sesgado y alejado de la realidad. Pero lo cierto es que un año después, desafortunadamente, el tiempo nos ha dado la razón.

Comencemos por lo más importante: la cascada de revisiones a la baja en las estimaciones de crecimiento.

  • España ha sufrido la mayor rebaja en las estimaciones de crecimiento del FMI de toda Europa y la segunda más elevada de las economías avanzadas que monitoriza este organismo.
  • Un organismo nacional como es el caso del Banco de España también ha advertido en sede parlamentaria una revisión importante de sus estimaciones de crecimiento para 2021.
  • La Airef, organismo independiente cuya principal función pasa por monitorizar el estado de la scuentas públicas nacionales, también ha rebajado en 9 décimas su previsión para 2021 y 5 décimas la de 2022. Según este organismo, la economía española crecerá un 5,5% y un 6,3%, respectivamente.
  • Funcas también ha reducido su estimación de crecimiento 1,2 puntos porcentuales hasta el +5,1% interanual en 2021.
  • Y, por último, BBVA Research también ha hecho públicas una reducción de las estimaciones para 2021 (-1,3 puntos porcentuales) y para 2022 (-1,5 puntos porcentuales).
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O, dicho de otra manera, el único organismo que mantiene sus estimaciones de crecimiento económico para 2022 es el Gobierno de España, que en su cuadro macro para los presupuestos refleja una tasa de crecimiento del 7%. La única razón tras esta negativa a modificar la hoja de ruta económica para el año que viene es poder gastar aún más, a pesar de la hipoteca que ya llevamos a nuestras espaldas en forma de deuda pública (120% del PIB). Y esto, tras los últimos datos de Contabilidad Nacional, es un insulto a la inteligencia humana.

El PIB nacional ha crecido tan sólo un 2% en el tercer trimestre del año. Eso significa que para conseguir los objetivos gubernamentales tenemos que crecer a doble dígito en el último trimestre del año. Algo altamente improbable. Además, hay muchos elementos de duda:

  • El consumo de los hogares vuelve al terreno negativo (-0,5%)
  • La demanda nacional vuelve a niveles tan débiles como los de 2016 y 2019.
  • Y la productividad se desploma un 3,3% mientras los costes laborales suben un 3%.
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En definitiva, el crecimiento languidece y los riesgos a la baja se materializan. El pasado jueves el INE hizo público el dato adelantado de inflación: 5,5%. Dicho de otra manera: el coste de la vida es un 5,5% más caro en octubre de 2021 que en 2020, según los registros oficiales.

Para conocer la importancia de este número hay que ponerlo en perspectiva. Tenemos unos niveles de inflación similares a los de un país que ya ha recuperado sus niveles de PIB previos a la crisis (Estados Unidos) y el incremento del nivel general de precios en España es 1,1 puntos porcentuales superior al de la zona euro (3,4%).

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Por si esto fuera poco, la inflación subyacente, que es la que elimina los componentes más variables de la cesta de la compra, también se está disparando y ya alcanza el 1,4%. O, dicho de otra manera: además de la presión al alza de los productos energéticos y alimentarios, el encarecimiento de la cesta de la compra en general es un hecho cuyo fin es difícil de predecir.

Los organismos internacionales también alertan ya sobre una inflación que deja de ser "transitoria". A la advertencia de la semana pasada del FMI debemos añadir la del BCE: ahora este fenómeno ya va a tener una duración "mayor de lo previsto". Porque usar la palabra estructural puede generar una situación de pánico en los mercados cuyo impacto es difícilmente predecible.

Una inflación al alza en un contexto de clara debilidad económica es un grave problema para nuestra economía. Los salarios pierden poder adquisitivo, las empresas pierden competitividad y la sostenibilidad de las cuentas públicas se ve aún más amenazada. Es por ello que este repunte en la inflación está detrás de buena parte de las revisiones a la baja de los últimos días y mucho me temo que esto no ha hecho más que empezar.

Veremos cuándo recupera España sus niveles de riqueza previos a la crisis. Mientras eso no ocurra, seamos líderes europeos en términos de paro y la inflación evolucione al alza el país se encontrará, de facto, en una situación muy delicada como es la estanflación —bajo crecimiento económico y alta inflación—. Digan lo que digan los analistas afines al Gobierno y voceros varios.

Mientras tanto, el Ejecutivo continúa celebrando supuestos buenos datos económicos. El último ha sido la EPA, donde yo no he visto nada que celebrar:

  • La cifra de ocupados efectivos —eliminando ERTE y autónomos en cese de actividad— es la misma que en el tercer trimestre de 2019.
  • Las horas trabajadas han descendido un 2,5% con respecto a la situación precrisis.
  • El 17% de los nuevos ocupados durante el último año han sido en el sector público.
  • Y, en términos interanuales, la reducción del paro ha sido incluso inferior a la de 2018 y la más baja de los años de recuperación económica (2015-2018).
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Para colmo, el Gobierno de España solo ha sido capaz de ejecutar un 22% de los fondos europeos previstos para este año, según BBVA Research

Lo cierto es que la situación de la economía española es ciertamente preocupante, y desde el Gobierno de España tan solo están pendientes de decidir cuántos años —e incluso décadas— vamos a volver atrás en materia laboral.

Lo pagaremos los españoles y, sobre todo, lo pagarán los europeos. El final de esta historia es el mismo de siempre y no es positivo.

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