Sánchez desafía a Europa con marketing socialista e hipoteca a los españoles

Daniel Rodríguez Asensio

La semana que finaliza será recordada como la que acabó de sepultar las pocas posibilidades de nuestro país de evitar una crisis bancaria, cuando pase la que ya estamos pasando. Cada paso que ha dado el gobierno de España durante estos últimos días ha sido un movimiento más hacia el descrédito internacional, la improvisación y la evidencia de que está afrontando esta batalla con pistolas de agua.

Comenzábamos la semana con una portada en el Financial Times: "España apuesta por un nuevo Plan Marshall para toda la Eurozona con el que liderar la recuperación". Como si los 3 billones inyectados en la economía europea no hubieran sido suficientes para que muchos países del Viejo Continente, especialmente los más comprometidos con la estabilidad presupuestaria, no se hayan dado cuenta de que las políticas de estímulo están acabadas.

Europa vuelve a ser el eslabón débil de la geopolítica mundial ante una situación de crisis internacional, que amenaza con ser la peor de todos los tiempos. Esto, a pesar de que desde 2008 hemos abordado:

  • Programa de inyección masiva de fondos por parte del BCE, por valor de 2,6 billones de euros, cuya totalidad prácticamente ha sido depositada en el balance del BCE ante la falta de demanda solvente de crédito y ha llevado al máximo organismo monetario a suponer más del 40% del PIB de la Eurozona.
  • Plan Juncker, creado en 2014 con una inyección pública de 360.000 millones de euros que, junto con la aportación del sector privado, han supuesto un plan de estímulo de 500.000 millones de euros en los últimos 6 años según la web de la Comisión Europea.
  • Sin olvidar los 200.000 millones de euros que invertimos en el 2008 para salvar Europa mediante la creación de millones de empleos y empresas en la Unión Europea.

Dicho de otra manera: Europa ya lleva inmersa en un enorme Plan Marshall correspondiente al 25% de su PIB de forma ininterrumpida en la última década, cuyos resultados ya eran evidentemente fallidos antes de la irrupción de la crisis por el coronavirus.

Merece la pena recordar en este punto que el Plan Marshall original supuso una partida correspondiente al 20% del PIB europeo orientada, exclusivamente, a la reconstrucción física del continente tras la II Guerra Mundial. Ahora, nuestro presidente se ha echado a Europa a pedir un plan similar sin ningún objetivo concreto más allá de luchar contra la crisis del coronavirus.

Los países europeos fiscalmente responsable le han dicho, como no puede ser de otra manera, que cada palo aguante su vela. Mientras él hacía campaña por un Plan Marshall Verde (escondido bajo otras siglas, como no puede ser de otra manera) y llamaba a la "justicia social" países como Alemania acumulaban 5 años consecutivos de superávit público. Como consecuencia, ahora el gigante teutón ha presentado un plan de 750.000 millones de euros, el 22% del PIB, pagado íntegramente con el sobrante acumulado de los últimos años.

Los coronabonos, los nuevos eurobonos

Algo similar ha ocurrido con los eurobonos, ahora denominados coronabonos en la interminable campaña de marketing del socialismo español. Unos productos financieros con los que pretenden empaquetar deuda de la máxima calidad, garantizada por países que se aseguran de mantener a salvo sus finanzas públicas, con la de países como España, Francia o Italia, que se muestran adictos al déficit y son incapaces de cumplir con el Tratado de Maastricht. La consecuencia es evidente: los primeros se muestran reacios a que los segundos, que no han realizado el esfuerzo presupuestario necesario para contar con una buena salud financiera, se aprovechen de su acceso a los mercados.

España llegó a la crisis de 2008 con enormes desequilibrios estructurales pero, al menos, contaba con una buena salud de sus finanzas públicas. Nos salvamos del rescate por muy poco, pero conseguimos salir adelante. Ahora, 10 años después y con 6 años de crecimiento ininterrumpido, parece que seguimos sin aprender la lección.

La casa se arregla con el buen tiempo. Es cierto que los eurobonos es un paso adelante en la construcción de una Europa incompleta, pero no podemos acudir a ellos cada vez que tenemos problemas financieros. Para que la unión bancaria y fiscal salgan adelante, primero tenemos que definir unos criterios de convergencia y después cumplirlos. Exactamente igual que ocurrió en Maastricht.

Apelar a la Unión Europea sólo cuando tenemos la soga al cuello es una excelente manera de acabar con la única razón por la que España no es Argentina: el euro y las garantías y posibilidades que conlleva. O, dicho de otra manera, es una manera muy sutil de apelar al euroescepticismo y a la aparición de populismos en Europa, que es exactamente lo que está ocurriendo. ¿Eurobonos? Sí, pero cuando todos nos comprometamos a cumplir una serie de normas presupuestarias… y las cumplamos.

La buena noticia es que el BCE, aunque con la pólvora mojada, sí que conserva la firmeza en la defensa del proyecto europeo. Ante la barra libre de liquidez de la FED, Christine Lagarde ha eliminado las restricciones autoimpuestas para la compra de deuda pública de un determinado país como parte del programa de 750.000 millones de euros inyectados en el Viejo Continente.

Esto significa que países como España o Italia mantienen asegurado el acceso al crédito a través del BCE, a riesgo de que éste sea no el último (que es lo que debería ser por estatutos) sino el único comprador de deuda pública de países que podrían asomarse, una vez más, a unos mercados financieros cerrados por riesgo de impago. Las primas de riesgo y los CDS ya han comenzado a asomar la patita, y volverán a hacerlo próximamente.

Recesión y paro

Las perspectivas económicas son muy negativas. Europa se enfrenta a una recesión severa, y países como España está a la cola, con caídas de hasta el 10% para el PIB ya en 2020.

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Podemos estar a las puertas, en definitiva, de una caída del 10%, de un déficit del 10% y de una tasa de paro que se podría disparar hasta el 20% en un escenario que no es el más pesimista para 2020.

El gobierno de España no sólo no está a la altura, sino que está echando balones fuera. El Banco de España ha sido claro en su informe trimestral: el plan de choque ha llegado tarde y es insuficiente a todas luces. Los medios se pierden en titulares sobre el Plan Marshall mientras el Consejo de Ministros aprueba la sentencia de muerte de muchas empresas españolas. La imposibilidad de despedir a trabajadores va a suponer un ajuste más severo del empleo vía oleada de quiebras y, por consiguiente, la imposibilidad de que dichos asalariados vuelvan a ser contratados.

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Mucho me temo que el último movimiento de Sánchez será un nuevo Plan E con cargo a la deuda del BCE y a la flexibilidad presupuestaria que permite Europa. Un nuevo plan de estímulo, que volverá a dejar un agujero notable en las arcas públicas, en lugar de hacer lo que están haciendo los países líderes: exenciones de impuestos e inyección directa de liquidez en las empresas. Ya hay 225.000 ERTE que afectan a 1,7 millones de personas, en un país que tras años de crecimiento económico mantiene a 3,2 millones en las listas del paro.

Estados Unidos, Canadá o Noruega han pulverizado sus máximos históricos en términos de peticiones de subsidios por desempleo. España no va a ser menos. Y Europa claro que es la solución, pero no bajo el prisma de un gobierno autoritario que sólo pretende seguir aumentando sus redes clientelares. Lo pagarán los pocos españoles que queden trabajando, como en 2008.

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