Quique Setién y ese estilo innegociable

Daniel Blanco

Salió a rueda de prensa tranquilo, con la cabeza alta y con la sensación de no haber perdido el encuentro. Quique Setién empezó a tirar de tópicos, coleccionados en su cerebro perfectamente ordenados. Y así convirtió una hecatombe general en una pequeña batalla perdida. Sin importancia porque esto es muy largo y el camino tendrá espinas pero también momentos para resarcirse.

Disfrazó el técnico una primera parte normalita del Barcelona —mejor que la del Madrid, eso sí— de una supuesta obra maestra jugada con precisión suiza. Ennumeró las numerosas virtudes en esa realidad paralela que para Setién concluyó en un tiempo primoroso donde "tuvieron que matar el partido". Dijo con tono apenado que los errores propios y el demérito de su equipo habían permitido que el Madrid doblegara al Barça en este clásico que convierte al equipo de Zidane, de nuevo, en líder de la Liga.

La realidad en el campo no fue esa. Lejos de una subjetividad que siempre puede convertir al que esto escribe en parte interesada de uno u otro bando, hay que decir que el Madrid fue mucho mejor que el Barcelona en la segunda parte por mérito exclusivo del equipo local. Y en la primera, las tres ocasiones que tuvo el equipo azulgrana son groseras, de las que se deben meter si quieres ganar un partido.

Pero la realidad más certera, la que te va guiando en una temporada, sí que es tozuda, sin embargo, para el cántabro. Ha perdido en un mes dos partidos de Liga, los mismos que perdió Valverde en un año y medio como entrenador azulgrana y tres en total contando con el de San Mamés en Copa. Valverde tardó seis meses en perder ese número de partidos (los dos de Supercopa ante el Madrid en agosto de 2017 y el de Copa ante el Espanyol en enero de 2018).

Las sensaciones no son escandalosamente malas, pero las derrotas en Valencia y en el Bernabéu le ponen en el disparadero. No ha arreglado deficiencias de la era Valverde; de hecho, algunas cosas han empeorado. El sistema de juego innegociable y, en ocasiones, desesperante, no ayudan a que el Barcelona salga del atolladero. El exceso de toque de balón en lugares intrascendentes del terreno de juego y la desmesurada obsesión por sacar el balón jugado desde el portero han expuesto al equipo azulgrana, algunas veces, sin ser necesario.

Setién es lo que es y le ficharon sabiéndolo. No es malo todo lo que promulga el técnico. El estilo llevado con mimo y con coherencia permitió este pasado domingo una primera parte muy digna en el Bernabéu, donde mereció irse por delante. Ha habido partidos en los que el ritmo ha sido mucho mejor que con Valverde. Victorias contundentes ante Levante y Eibar en casa han ayudado a confirmar esa sensación, partidos que se hacían espesos con el extremeño en el banquillo.

Pero las derrotas han sido crueles, de las que dejan mal sabor de boca. Las de Mestalla y Bernabéu te descabalgan de la Liga, todavía por pelear y la de la Copa en Bilbao te expulsa de una competición que era una opción clara de título. Partidos como el de Nápoles, insulsos y con empate milagroso, acrecientan la sensación de que esto no va a ser fácil y que con Setién, el alambre siempre está a punto de romperse.

Es eso, precisamente, lo peligroso de la era del cántabro en el banquillo azulgrana. No vale con ser dueño de la posesión si ésta es inútil. No vale con estar en riesgo siempre porque en un equipo grande, si la cuerda se rompe, te precipitas al vacío, mucho más profundo que en un equipo modesto. No hay vuelta atrás y Setién lo sabe. Con el estilo forjado, yo voy siempre si es el camino para conseguir grandes cosas. Pero me aparto de él si es la excusa para promulgar exclusivamente tu fútbol. Pero para eso, como en todo, ya hay opiniones y a Setién se le valorará en junio. Ya veremos.

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