El Barcelona y su duro caminar por la Europa League

Dani Blanco

Son tiempos malos para analizar un empate a cero en la segunda competición europea. Más si lo haces ante un rival de tercera, completamente abatido en su liga local (duodécimo este año el Galatasaray). Son tiempos impropios para sacar pecho a pesar de una gran segunda parte porque el equipo no logró marcar y se complicó en exceso una eliminatoria que debía estar sentenciada casi en la ida dada la diferencia de nivel entre ambos.

Son tiempos malos, además, porque la semana te ha permitido asistir a una exhibición de coraje brutal de tu eterno rival, justo el día anterior. Esos partidos que, con la poca diferencia entre ambos, te hacen dudar si estás viendo el mismo deporte. Lo del Bernabéu del miércoles es épica adherida al Real Madrid. Lo del Camp Nou anoche es comida basura comparado con el nivel del menú de la noche anterior.

Pero ya que estamos, intentemos desgranar un empate a cero insulso que deja todo abierto para una emboscada de tamaño considerable, la que se va a encontrar el jueves en Turquía el Barcelona. Y todo porque despachó una primera parte mala, sin ningún contenido futbolístico y que le hace peligrar muy seriamente el pase a cuartos de final. No hizo nada bien el grupo azulgrana en los primeros 45 minutos. Por no hacer, no tiró ni a puerta salvo una falta de Memphis que paró Iñaki Peña, portero cedido por el equipo culé.

No le gustó nada la primera parte a Xavi. Tanto, que hizo triple cambio para erradicar la situación. Algo que consiguió a medias porque el Barcelona empezó a jugar más fluido, más combinativo pero las ocasiones llegaban a cuentagotas. No obtuvo premio porque apenas tiró a portería pero sí hizo el juego que se le presupone para llegar a tenerlas. Lo que sucede es que en el fútbol, y en estas eliminatorias, lo que cuenta es el gol y ayer el Barcelona no lo encontró.

Da un pequeño paso atrás el equipo culé en estas semanas donde el trabajo parecía encontrar premio. El equipo había enlazado varios partidos buenos y la imagen había cambiado. Ayer, ante 70.000 espectadores, un jueves y en la competición menor, no salieron las cosas y en Turquía, la semana que viene, habrá que hacer un ejercicio de buen fútbol y de más puntería porque la eliminatoria se ha girado considerablemente.

El domingo ante Osasuna habrá que reencontrar la imagen que se dejó aparcada en Elche y que no se retomó ayer en un partido importante pero al que el Barcelona pareció no darle la importancia que tenía. Es la segunda competición pero tienes la obligación de ganarla o, al menos, no quedarte en estas rondas.

Después de Osasuna, la vuelta con los turcos y luego el clásico antes de un parón obligado. Le vendrá bien al equipo azulgrana tras meses de montaña rusa. De idas y venidas, de noches plácidas, buenas y de otras pésimas que vieron peligrar los objetivos hace apenas un mes. Ahora, que se han vuelto las tornas, no quiere volver a las andadas el club. Y eso que en el partido de ayer noche hicieron todo lo posible para enterrar de un plumazo una mejoría notable.

No son tiempos apropiados para que un culé saque pecho. Justo el día después de una hazaña rival de dimensiones estratosféricas. Antes de un clásico que promete pero que marcará un poco la tendencia de aquí al final de Liga. No son tiempos para estar en la clase de los rezagados, alejado de la élite. Se vive mal allí y más si tu eterno rival se vuelve a enamorar de su competición fetiche. Mal negocio.

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