Bordalás o una forma de sentir el fútbol

Dani Blanco

Siempre tuvo claro que lo suyo era entrenar, le gustaba ya de jugador, toda la vida en equipos modestos (Alicante, Benidorm, Altea, Villajoyosa, Denia) y cuando le llegó la oportunidad, ya no paró. Lleva 30 años en los banquillos, primero en el barro, luego más asentado, ahora en la élite. José Bordalás (Alicante, 1964) es un hombre de fútbol que se ha labrado su vida deportiva con esfuerzo y le puede llegar este sábado, en la final de Copa, un reconocimiento en el que, quizá, nunca pensó.

Su Valencia disputa ante el Betis una final inesperada, lo que tiene este formato apasionante (con algún matiz) que ha instaurado la federación estos últimos años. El año pasado el Athletic jugó la final ante el Barcelona y en el 2020 el derbi vasco entre Real y los de Marcelino protagonizó el último duelo. Este sábado en La Cartuja se miden sevillanos y valencianistas en una final sin pronóstico y en la que Bordalás es protagonista.

Lo es por la forma en la que ha tenido que forjar este Valencia, sin la mejor plantilla ni de lejos, sin mimbres o, al menos, no con los deseados por el técnico. Desde el primer día observado y sin los resultados en Liga que se podrían esperar. Sin embargo sí que ha tenido su año en Copa. Utrillas, Arenteiro, Cartagena, Baleares, Cádiz y Athletic de Bilbao en las sucesivas rondas hasta llegar al día definitivo.

Quieren los valencianistas rememorar viejos días en un torneo que suele gustar. Ganaron hace tres años con Marcelino la preciada Copa al Barcelona de Valverde y en 2008, con Koeman, ganaron el torneo en una temporada que se puede asemejar a esta, muy lejos de Europa en Liga. La plantilla se conjuró para conseguir una hazaña de una magnitud brutal para lo que era ese año el conjunto che y lo que había sucedido toda la temporada con Cañizares, Albelda y Angulo fuera del plantel por decisión técnica.

Bordalás ha nadado siempre contracorriente. Con su fútbol áspero pero trabajado, espeso pero completamente fatigoso para el rival. Un estilo propio que forjó en un Elche muy complicado (play off de ascenso a Primera 2011), un Alcorcón de época (play off 2012), un Alavés extraordinario (ascenso 2016) y un Getafe rescatado desde el última plaza de segunda para ascenderlo en 2017 y llevarlo a Europa en 2019.

Pero Bordalás siempre ha sido criticado, pocas veces valorado en un futbol elitista que atrapa más al espectador que demanda espectáculo y juego bonito que al que sabe apreciar este estilo tosco con preferencia al no dejar jugar. Pero el estilo del técnico es, sin duda, el mejor para sus equipos. No ha sido demasiado valorado en Valencia. Quizá lo sea si mañana es campeón y juegue en Europa el año que viene.

Acompaña al técnico alicantino una fama de hostil, de altivo, de mal carácter. Quienes lo han conocido de cerca dicen todo lo contrario, quienes lo hemos tratado en entrevistas podemos decir que, por experiencia propia, nunca ha habido una mala palabra y siempre me ha atendido de manera cordial. Quizá sabe mantener las distancias porque no eres su amigo y quiere demostrarlo. Por eso en una ocasión me afeó el llamarle, con confianza, Pepe. "Llámeme José, por favor".

Es Bordalás un hombre al que le falta el público que tienen otros pero que, aun así, tiene seguidores. Esos que van a muerte con él. Quizá el legado sea más reconocible cuando haya dejado de entrenar. Allí cuando se reconoce a la gente que no ha sido alabada en tiempos de merecerlo.

En esta final donde el contraste de estilos es evidente, se hace más visible que hay dos formas de sentir el fútbol, las dos válidas. Pellegrini contra Bordalás. El juego para un tipo de espectador y el juego para otro. Ir al ataque o esperar el fallo. Betis o Valencia y la Europa League como fondo. Es un título y una reputación en juego, incluso una forma de vivir y morir futbolísticamente. Por eso a Bordalás le llega ahora la oportunidad que nunca esperó cuando dirigía, en 2004 al Alicante y ya apuntaba en su libreta diferentes formas de presionar alto, cuando preparaba diversos tipos de jugadas a balón parado. Cuando disfrutaba, en silencio, del fútbol a otro nivel.

A continuación