¿Y quién sustituye a Ciudadanos?

Cristina Losada

El hundimiento de Ciudadanos en Madrid se viene anticipando con regodeo, como suele ocurrir. Los grandes y estrepitosos fracasos, en política y en general, no despiertan la compasión, sino el morbo. Más aún una caída que, de producirse, dejaría al partido muy tocado a nivel nacional o, como se proclama con indisimulado placer, listo para la desaparición. Así las cosas, la cuestión que estará a la orden del día en los cuarteles generales de ciertos partidos es el reparto de los despojos: el modo de hacerse con la notable masa de votantes que tuvo Cs en las elecciones madrileñas de hace dos años. Porque entonces la candidatura que encabezó Aguado quedó cerca, en votos y escaños, de la que llevaba de número uno a Díaz Ayuso. Unos noventa mil votos fueron la diferencia, y cuatro los escaños que los separaron. 

La campaña “seria y formal” de Gabilondo parecía, a simple vista, un señuelo para atraer a parte de los supuestos huérfanos, con su explícito rechazo a Podemos, tan inverosímil, sus menciones expresas a Ciudadanos y sus prédicas contra la confrontación. Era la misma jugada que intentó el PSOE de Sánchez en la repetición de las generales de 2019, con una campaña diseñada para seducir a los votantes de Cs, y que fracasó. No hay que descartar, sin embargo, que los socialistas hayan tratado simplemente de hacer de la necesidad virtud ante la imposibilidad de encontrar un recambio para Gabilondo. La implicación del propio Sánchez en la campaña madrileña avala esa hipótesis. Con Sánchez de protagonista directo, pocos ex de Ciudadanos se van a sentir tentados a votar socialista.  

La cuestión interesante es que ninguno de los partidos que pueden aspirar a llevarse al huerto a antiguos votantes de Cs está asumiendo la visión y el programa que hicieron atractivo a Ciudadanos. Aquel votante urbano, formado y formal, liberal y poco amigo de participar en el gran enfrentamiento ideológico entre Izquierda y Derecha no tiene siglas con las que identificarse, al margen de aquellas por las que votó en su día. O vota otra vez a Ciudadanos, con Edmundo Bal a la cabeza, y se arriesga a que su voto sea inútil, tal como lo pintan las encuestas, o cambia de voto renunciando a objetivos que le resultaban prioritarios hace un par de años. Porque aquellos objetivos, que formaron parte de la famosa y olvidada agenda regeneracionista, no los está integrando ningún otro partido ni en su programa ni en su campaña. 

Uno de los errores mayúsculos de Ciudadanos fue creer, cuando estaba en la cresta de la ola, que podía sustituir casi de un plumazo, muy rápidamente, al partido hegemónico hasta entonces en la derecha. Ese error lo pagó caro y aún puede aumentar el precio, si le va mal en Madrid. Pero, ahora, como se ve en la precampaña madrileña, el gran error de sus rivales es que no se proponen sustituir a Ciudadanos: no hacen suyo nada de lo que en ese partido resultaba esperanzador. Desean que se hunda, caiga y desaparezca, pero no ofrecen una verdadera alternativa. No es imposible que ese error insufle vida al partido al que todos están dando por muerto.  

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