Virus provincialista

Cristina Losada

La filosofía de quiosco dice que el mundo no volverá a ser el mismo. Pero cada día, como para contradecirla, parte de nuestro mundo político confirma que continúa casi exactamente igual que antes. Tanto, que mientras el coronavirus sigue ahí, la gran discusión sobre el plan de salida del confinamiento es acerca de la provincia. Es el ser o no ser. Provincia o no provincia. Es el tema que causa fricción entre las comunidades autónomas y el Gobierno central, y el asunto que ha dado que hablar en los mentideros políticos. Y por más que se presente como una cuestión técnica, el hecho es que remite a una vieja querella autonómica, cuyo sentido último es determinar quién manda.

Advertimos que este era un virus al que se iba a acusar de centralista, porque requería una respuesta común para todo el territorio nacional. Común no es sinónimo de uniforme, pero unas normas comunes hay que tener si no queremos que el virus haga lo que puede hacer, que es trasladarse de un lado a otro, también bajo la cobertura de aparente seguridad que darán las medidas de protección y las restricciones que se mantengan. Vimos que algunos Gobiernos autonómicos estaban más preocupados por la posibilidad de una recentralización del Estado durante la contención de la epidemia que por la epidemia misma. Y ahora lo confirmamos. Nada les inquieta tanto como la elección de la provincia como unidad de referencia para la desescalada. Doble acusación al virus: centralista y provincialista.

Torra fue de los primeros en denunciar vivamente el centralismo que acecha en las provincias. Sentenció que con esa decisión Cataluña vuelve a 1833, y la maravilla es que lo diga alguien atrapado en 1714. El separatismo está donde estaba. Habla sobre el error y el horror de la provincia, y calla sobre el error y el horror de una gestión de la epidemia que incluyó ordenar a los servicios de salud que recomendaran a la gente mayor que muriera en casa. Para qué, cuando se puede hablar de que Madrid ataca de nuevo, imponiendo la provincia. De imponerlo a la Generalitat, que siempre ha querido borrar las provincias del mapa. Igual, por lo demás, que otros. La división provincial señala, aun débilmente, que no mandan sólo ellos en su territorio.

La propuesta alternativa de los enemigos de la provincia es establecer como unidad de referencia el área sanitaria. Esto tiene inconvenientes prácticos. Se trata de que la unidad elegida sirva de base para controlar la movilidad. Cuanto más pequeña sea, y el área sanitaria es más pequeña que la provincia, más reducido será el espacio para la movilidad. Y menos conocido. Muchos saben dónde empieza y acaba su provincia, porque la provincia, mal que les pese, existe y tiene tradición, pero ¿cuántos saben dónde empieza y termina su área sanitaria? Será cosa de ver cómo proponen organizarlo. ¿Pondrán algo parecido a los antiguos fielatos –que aparte de cobrar impuestos eran también estaciones sanitarias de control de alimentos– en las fronteras de las áreas sanitarias? Lo dicho, habrá que verlo.

Funcional y practicable no parece. Lo que parece, en cambio, es que este rechazo al marco provincial no tiene motivaciones técnicas, sino políticas. Lo que parece es que a la hora de la desescalada, hay poderes autonómicos que quieren recuperar el control que han lamentado perder durante la escalada. Lo que parece es que estamos ante una lucha de poder. Ésa es la impresión. Y si es otra cosa, si únicamente se trata de mejorar la gestión de la epidemia, de adaptarla a muy localizadas condiciones específicas, seguro que pueden hacerlo sin necesidad de romper el criterio provincial común.

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