¿Pero qué régimen?

Cristina Losada

En el debate de investidura algunos oradores, o aprendices de tal, han vuelto a hablar del régimen del 78. No sé si en esta ocasión proclamaron su defunción, su resurrección o su continuidad, pero como las anteriores veces me pregunté si saben de qué hablan cuando hablan de régimen. Que me asalte la duda tiene mucho que ver con el contexto al que asocio el término régimen, que no es el de la teoría política, sino el de nuestra historia reciente: la dictadura franquista era "el Régimen". Al punto de que cuando entonces se quería decir que alguien era afecto (otro término muy usado en la época) se pronunciaba la frase "Fulanito es del Régimen". Sólo los más atrevidos decían en voz alta el término preciso: dictadura.

Quienes han introducido régimen del 78 en el vocabulario político estos últimos años quieren evocar precisamente la época anterior a 1978: quieren evocar la dictadura. Desean asociar la democracia instaurada entonces a la dictadura anterior, no para subrayar las diferencias, sino para darle bola a la absurda noción de la continuidad: de que no hemos salido del Régimen. Por tanto, sí saben de qué quieren hablar cuando hablan de régimen: quieren decir Régimen y quieren decir que el 78, la Constitución, también es del Régimen. Cosas, por cierto, que ya se dijeron en su momento, porque nada de esto es original. Es un copia y pega de la historia que se contó a sí misma la extrema izquierda después de que, contra todos sus pronósticos y contra toda su voluntad revolucionaria, los españoles decidieran tener una democracia.

Con el cuento del "régimen del 78" se invoca la presencia de ese mundo espectral de los poderes fácticos, que según la leyenda urdieron y dictaron toda la Transición para asegurar el cambio gatopardiano: que todo cambie para que todo siga igual. Aunque los nuevos cuentacuentos no se paran ahí, en el instante del tránsito, sino que aseguran que todo lo ocurrido de entonces acá ha estado atado y bien atado por los que siempre han movido los hilos. Para ellos, que a veces gobernara el PP y a veces gobernara el PSOE, que unas veces tuvieran mayoría absoluta y otras pactaran con los partidos nacionalistas, no fueron cambios ni fueron resultado de las urnas ni de las estrategias de los partidos. Fueron meros disfraces de la continuidad de fondo del régimen, o sea, del Régimen.

¿Y qué ha pasado ahora? No se dejen engañar por la fragmentación del mapa político, por la irrupción de nuevos partidos, por el desgaste de los tradicionales, nos vienen a decir los cuentacuentos: ha pasado lo de siempre. Los poderes fácticos decidieron que tenía que seguir gobernando el PP y ahí lo tienen, Rajoy presidente. Igual que decidieron ellos, los que mueven los hilos, defenestrar a Pedro Sánchez. El propio Sánchez lo acaba de contar. Aunque cometió un error, que fue dar nombres. El ex secretario general debería saber que los poderes fácticos sólo son imponentes y verosímiles cuando permanecen en la oscuridad. Cuando se deja margen a la imaginación. Nombrarlos los empequeñece mucho.

No hay más régimen en España que la democracia. Cosa distinta son sus defectos, de los que se podrá hacer una lista larga. Pero ni sus defectos, incluidos los que tiene el propio texto constitucional, ni el sistema electoral, que favorece a los dos partidos tradicionales, han impedido la transformación que se refleja en esta legislatura que comienza. Claro que los que dicen que nunca ha cambiado realmente nada, los que sugieren que seguimos en el Régimen, y que están ahí gracias a ese "régimen del 78" que desprecian, el único cambio al que llaman "cambio" es tener ellos el poder.

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