Es que van provocando

Cristina Losada

Una de las grandes diferencias entre el ciclo electoral que se extendió desde 2014 hasta 2016 y éste que nos ocupa es que aquél estuvo dominado por lo que se llamó la agenda regeneracionista, que dejaría en segundo plano la divisoria izquierda-derecha, mientras que el actual ha vuelto a poner esa dicotomía en el centro de la escena, y aún con mayor carga mítica de la que ya tenía.

El desplazamiento tendrá causas objetivas, como el alejamiento de la gran recesión y los escándalos por la corrupción, pero también se debe a la voluntad de ciertos actores políticos, en particular del Partido Socialista. Con Pedro Sánchez aupado al poder por una coalición de podemitas, nacionalistas y separatistas, su mejor baza para mantenerse en la Moncloa pasa por hacer olvidar con quiénes se ha asociado y puede volver a asociarse, así como por no incomodar a esas peligrosas amistades necesarias. La solución al problema de conjugar cercanías y distancias, la solución que no compromete a nada y lo promete todo, ha sido resucitar el clásico izquierda versus derecha con el dóberman acompañante: instigar el miedo a una derecha que se presenta, según el PSOE, en tridente y con el mismísimo diablo.

Ese es el marco que Sánchez ha plantado sobre el terreno desde hace tiempo, y que aparentemente ha cuajado, si atendemos, sobre todo, a la política en los medios. El coco de la derecha está haciendo un montón de horas extras en las declaraciones y mítines de los socialistas y en otros muchos shows. ¡Es que no da abasto! Pero ya sólo importa eso. Ni reformas institucionales, ni problemas económicos ni golpes separatistas. En la película socialista, el universo es puramente maniqueo: una planicie desierta en la que, al modo de las grandes batallas de los filmes más o menos épicos –actual fuente de inspiración para los mitos políticos–, se enfrentan los pacíficos ejércitos, valga el oxímoron, de las fuerzas del Bien contra los horrendos orcos de las fuerzas del Mal.

Los orcos, sin embargo, están donde siempre han estado: en las comunidades del odio que ha conformado el nacionalismo separatista. Se los ha visto en Barcelona, en la universidad, lanzándose como fieras contra un acto de la asociación de estudiantes constitucionalistas S’ha Acabat al que asistían candidatos del PP y Ciudadanos. Se los ha vuelto a ver en San Sebastián y en Bilbao, acosando a los que fueron a actos electorales de Vox. Se los acaba de ver en Rentería, amenazando e insultando a los que acudieron a un mitin de Ciudadanos con Maite Pagazaurtundúa, Fernando Savater y Albert Rivera.

No son episodios anecdóticos: son síntomas de graves trastornos democráticos. Pasarlos por alto, como si nada significaran, equivale a cerrar los ojos al problema que representan esas comunidades del odio y, en definitiva, el nacionalismo separatista. Pero eso es lo que ha hecho el PSOE. Salvo un tuit sobre lo de Rentería, el partido del Gobierno prefiere mirar para otro lado. También un clásico. Al menos esta vez, no como cuando un acto en Alsasua, ningún socialista ha salido aún a decir que los constitucionalistas iban allí a provocar, con sus minifaldas. Para decir que van a provocar ya están los propios separatistas y los de Podemos, esto es, los socios de la moción de censura de Sánchez y potenciales cogobernantes. Si los socialistas no quieren tomar distancia de esos posicionamientos, que no se sorprendan de que se les eche en cara su cercanía con ellos. Una cercanía que viene determinada, además, por su interés en agitar el espantajo de "la derecha".

Desde ese interés, se entiende que el PSOE apenas diga nada contra los actos de acoso y boicot que sufren partidos democráticos. Apuesta a que cuantos más incidentes se produzcan contra el PP, Ciudadanos y Vox, más quedarán marcados como partidos conflictivos e indeseables. Y más se reforzará esa visión siniestra del tridente diabólico que trata de instilar en el imaginario público: un tridente que, allá donde va, provoca protestas y problemas. No sólo ha regresado Sánchez a la dicotomía mítica izquierda-derecha. Está volviendo también a aquella división del trabajo que en tiempos describió Arzalluz: unos mueven el árbol y otros recogen las nueces.

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