Ni siquiera Portugal

Cristina Losada

Viento en popa iban los socialistas portugueses hacia las elecciones generales. Muchos suponían que las urnas les concederán una mayoría absoluta majestuosa. Pues no. Han subido mucho, pero para gobernar tendrán que reeditar los acuerdos con los partidos a su izquierda, Bloque de Izquierdas y comunistas, a los que se auguraba una caída brutal de la que se iba a beneficiar el PS. Naturalmente, Pedro Sánchez ha felicitado a António Costa, del que dijo hace años que aprendía todos los días. Pero el caso portugués no le trae las mejores noticias.

La noticia que le da a Sánchez el resultado de las generales en el país vecino es, primeramente, sobre la probabilidad de conseguir mayorías absolutas, ese premio gordo con el que han fantaseado los socialistas españoles. Si no la ha conseguido Costa, que tenía mucho más a su favor, menos va a lograrla el PSOE. Se confirma que es una quimera. Una con raíces en el pasado, pero muy fuera del tiesto del presente. En países donde el bipartidismo reinó, con sus imperfecciones, durante largo tiempo, como Portugal y España –y ambos han compartido en estas décadas otros notables rasgos políticos–, la vuelta a aquel estado de cosas es una posibilidad extremadamente remota.

La idea que nutría los pronósticos de mayoría absoluta de Costa era que a los partidos de izquierdas que dieron apoyo externo a su Gobierno se les iba a penalizar su estar sin estar, esa condición de auxiliares extramuros, tan deslucida. Sin poder ejecutivo, sin la capacidad de atribuirse las (pocas) buenas nuevas gubernamentales que confiere la presencia en el Consejo de Ministros, pero con la carga de la corresponsabilidad en las (muchas) malas. De aquella capacidad, por cierto, sabe mucho Sánchez, que la ha utilizado abusivamente, y también es muy partidario Iglesias, por lo que su condición sine que non era estar en el Gobierno. Ambos han resultado fieles creyentes en la célebre máxima del democristiano Andreotti: el poder sólo desgasta al que no lo tiene.

Los auxiliares, sin embargo, no han recibido en Portugal la penalización esperada. Costa puede negociar con ellos desde una posición más desahogada, pero el caso es que tiene que negociar. Y el dato de la correlación de fuerzas se relativiza cuando los minoritarios son decisivos y no quieren dar su brazo a torcer, como ha ocurrido aquí. Claro que, en comparación, Costa tiene luz verde. A Sánchez, en cambio, se le ha puesto el semáforo en ámbar, y de aquí al 10 de noviembre se le puede poner en rojo.

En el libro que publicó con su nombre, titulado con ínfulas heroicas Manual de resistencia, se dice: "El reto de la socialdemocracia hoy es saber entenderse con otras fuerzas progresistas. El mejor ejemplo de esto es Portugal. Hay que salir del exclusivismo, y esa es la gran lección que nos han dado nuestros vecinos: las izquierdas se pueden entender, con la socialdemocracia como gran vector". Algún tiempo después, Sánchez se dio cuenta de que no era una lección tan buena. Que entenderse con Podemos tenía un alto precio. Y que el reto de la socialdemocracia era otro. Pero si confiaba en presentar ahora como gran ejemplo una mayoría absoluta de los socialistas portugueses, no puede. Ya no le queda Portugal.

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