Los anacrónicos

Cristina Losada

Cinco partidos se ausentaron de la apertura de las Cortes, según dijeron, por la presencia del Rey. La presencia física, se entiende, porque la presencia de la Monarquía parlamentaria en la Constitución no les lleva a ausentarse de las sesiones de las Cámaras ni a dejar de presentarse a las elecciones que se realizan en ese concreto marco constitucional. Pero deshagamos el primer equívoco de estos sobreactuados teatrillos: los partidos que los organizan no son republicanos, sino separatistas. Alguno lleva en sus siglas el término republicano, aunque del mismo modo que lleva la voz izquierda pese a que no ha hablado nunca como un partido de izquierdas. Lo que ha sido siempre, en cambio, es un partido separatista, y ése, el separatismo, es el elemento común de los cinco pequeños impostores que fingen repudio de la Monarquía cuando el objeto de su repudio es España.

Algo de verdad dijeron, en consecuencia, cuando en el pobre manifiesto leído pusieron que la Monarquía trata de "mantener e imponer la unidad de España". Lo de imponer sobraba, y bien lo saben ellos, que representaron con su separatismo poco más del 8 por ciento de los votos en las últimas elecciones, y consiguieron alrededor del 14 por ciento de los escaños del Congreso. Pero en la línea en cuestión reconocían, de alguna manera, que aquello que los incita y excita a ir en contra de la Monarquía es España. Es que el Rey representa a España. De hecho, todo lo demás, consistente en los tópicos del anacronismo y la herencia del franquismo, es material de relleno, pura paja para darle cuerpo al supuesto acto de desacato.

La impostura no merecería, en realidad, atención si no fuera por dos motivos particulares. Uno, el más evidente, es que tres de los cinco partidos que la protagonizaron fueron cruciales para la formación del Gobierno, y el que dispone de más escaños tiene especial ascendiente y poder sobre el Ejecutivo. El otro, menos visible, pero de mayor alcance, tiene que ver con el golpe separatista de 2017. Más exactamente con el discurso del Rey aquel 3 de octubre, porque aquella intervención contra los que habían quebrado la ley y querían quebrar la Nación representó de un modo claro y preciso a España: representó a la gran mayoría de los ciudadanos españoles. Y eso, el separatismo no quiere que se repita. No quiere que se repita nada parecido.

Los partidos y grupos separatistas tienen el mayor interés en desprestigiar a las instituciones españolas. A todas, aunque mucho más a aquellas sobre las que disponen de menor capacidad de presión. En los Gobiernos pueden influir; no hay más que considerar al actual. Basta que necesiten sus votos para que empiecen a sacar la cartera de las cesiones. Pero a las instituciones que no pueden chantajear o sobornar fácilmente les declaran una guerra sin cuartel. Así lo están haciendo, desde el 1-O, con la Justicia y la Monarquía. Y no tratan de desprestigiarlas sólo por el puro efecto propagandístico, sólo para alimentar el relato. Lo que persigue ese cerco propagandístico es desactivarlas para que no actúen como ya han actuado frente a sus ilegalidades y como, por lo demás, tienen que actuar.

La manifestación contra el Rey en que el separatismo logró convertir la manifestación contra los atentados islamistas de Barcelona fue elocuente. Preventiva. Poco antes del 1-O, el objetivo ya estaba marcado. Después, lo persiguieron con más intensidad, asociando siempre los desplantes al Rey al discurso del 3 de octubre. El propósito político de esos ataques, igual que el del teatrillo durante la apertura de las Cortes, no es poner de manifiesto una posición republicana, asunto que para el separatismo es del todo secundario. Es impedir que el Rey pueda volver a intervenir ante los desafíos separatistas como cabeza de la Nación, por usar el concepto del filósofo Julián Marías en una reflexión sobre el papel que debía tener la Monarquía en España. El objetivo es intimidar lo suficiente a los Gobiernos para que nunca más vuelvan a permitir que el Rey haga frente al separatismo como cabeza y voz de la Nación. Eso, y no el mito republicano, es lo que mueve a los anacrónicos.

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