La invasión de las hordas francesas

Cristina Losada

Los vídeos de jóvenes franceses en las terrazas de Madrid alborozados y contentos han ocupado minutos de televisión y titulares en la prensa. En la catalana se está dando especial cobertura al asunto, como corresponde a la obsesión allí con la capital. “Madrid, la fiesta de Europa”, titula uno de esos vídeos un periódico catalán en este mismo instante. No en plan laudatorio, sino como reproche. Un reproche, el de los escandalizados, que es político y moral y que lo mezcla todo: que alguien se divierta en Madrid con la que está cayendo; que el marchoso sea francés, un extranjero que viene con PCR negativa, pero que siempre puede ser contagioso; y que la autoridad permita todo ese desenfreno en plena epidemia. 

Al calor de los vídeos de franceses se han dictado indignadas sentencias del tipo “Madrid es la vergüenza de Europa”. Y todo porque los franceses prefieren ir a Madrid y no a Estocolmo, que también es Europa y ha mantenido bares y restaurantes abiertos durante toda la epidemia con la única salvedad de alguna restricción de aforo. Los franceses bien podían ir a los bares de Suecia, nadie se lo impide, y sin embargo vienen a los de aquí, tal vez por los mismos motivos que hacen de España un gran país turístico. Pero se ve que hay gente conjurada –la conjura de los necios debe de ser– para que nuestro sector del turismo no salga de la crisis de la pandemia. 

Entre los conjurados hay que contar, en lugar preeminente, a la candidata del partido de Errejón a las elecciones regionales, que declaró: “Ayuso tiene que dejar de poner alfombra roja a las hordas de franceses que vienen a emborracharse”. ¿Hordas? ¿Gente que obra sin disciplina y con violencia? ¿Nómadas salvajes? ¿Los franceses? ¿A emborracharse? A lo mejor García quiere imponer la ley seca. Y no es mera exageración. De este nuevo clero intransigente que no se ha dedicado a otra cosa que a vigilar y reprender durante la epidemia se puede esperar cualquier prohibición estrambótica.

La embajada de Francia ya ha respondido a la candidata y lo ha hecho con humor, que es lo único que se puede oponer a los intransigentes, con lo que doy por cerrado el capítulo. Lo que aquí interesa, en lo político, es aclarar si García y los escandalizados están contra los franceses porque son franceses y porque beben, o si están contra ellos sólo porque están contra Ayuso. No son excluyentes, pero tiendo a inclinarme por lo segundo. El hecho es que ninguno de los intransigentes ha dicho nada en contra de los alemanes que, con gran alivio y alegría, están llegando a Baleares, a pesar de que es probable que no todos ellos sean abstemios. ¿O están en el sí a los alemanes y el no a los franceses? Quién sabe.

Ya se ha dicho que Ayuso no controla Barajas, y no puede cerrar la frontera nacional. Pero los intransigentes pasan de Barajas, porque lo que están diciendo –lo explico por si no se han percatado ellos mismos– es que permitir que abran los bares y restaurantes en Madrid cuando en Francia están cerrados provoca un “efecto llamada”. Vale, pero entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Cerrar la hostelería a cal y canto, porque está cerrada en Francia? ¿Y eso para evitar que vengan las hordas francesas? A ese callejón llegamos por la vía de la racionalidad, pero la demagogia va por otros derroteros. Lo cierto es que no proponen nada, no aportan ninguna solución viable y no critican con fundamento. Al final, como clero sustitutivo que son, sólo proporcionan moralina. En el fondo, su plato fuerte es acusar al Gobierno de Madrid de convertir a la ciudad en la capital del libertinaje y en la reencarnación de Sodoma y Gomorra. Como de la primera época del No-Do.

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