La 'guerra cultural' feminista

Cristina Losada

Hace un año, una actriz norteamericana inició en Twitter el movimiento Me Too al pedir a las mujeres que hubieran sufrido acoso sexual que respondieran a su mensaje con aquellas dos palabras: Yo También. En muy poco tiempo, la iniciativa triunfó en las redes sociales y estimuló una catarsis que se tradujo en una riada de denuncias contra hombres poderosos, de la industria del cine y los medios sobre todo, por abusos, acosos y agresiones sexuales. Es preciso apuntar estos hechos básicos, meros apuntes recordatorios, porque después, es decir ahora, viene la literatura. Al cabo de un año, la literatura ha hecho balance de lo sucedido y sólo ha visto motivos para felicitarse: la revolución del Me Too ha despertado conciencias, ha hecho que las mujeres pierdan el miedo, ha puesto el feminismo en la agenda política, ha provocado un gran cambio cultural y social, y allí donde nació incluso puede acabar con la mayoría republicana de Trump. Todo positivo, nada negativo. Esa es la literatura.

La literatura ya desplegaba esos encantos poco después de la aparición del Me Too. Los medios proclamaban que el cambio cultural marchaba viento en popa impulsado por las valientes activistas. Lógico: el Me Too es un movimiento mediático. En los Estados Unidos, ciertos sondeos les llevaban a anunciar que la indignación por las actitudes sexistas había calado en las conciencias de los ciudadanos de a pie. Por fin. Un dato decisivo era que las mujeres republicanas empezaban a pensar que el sexismo era real. Hasta ellas, ¡aleluya! En España, con datos demoscópicos o sin ellos, los fervientes seguidores de las modas políticas del progresismo norteamericano vertían opiniones aún más entusiastas. La cruzada contra el acoso sexual y el dominio del hombre estaba cumpliendo el objetivo revolucionario de cambiar las opiniones y actitudes sociales. Cambiar la sociedad y hacer un mundo mejor. Es lo que más le gusta a la literatura de quiosco.

Fuera del quiosco, pasan otras cosas. The Economist acaba de publicar los resultados de unos sondeos que dejan en entredicho la literatura encomiástica. No es que la revista lo celebre, al contrario, pero los datos son los datos. Después de un año de activismo Me Too, la opinión de los norteamericanos se ha vuelto más escéptica frente a las denuncias de acoso sexual. Los que creen que las acusaciones falsas representan un problema mayor que los abusos no denunciados son más que hace un año. Los que piensan que las mujeres que denuncian acoso causan más problemas de los que resuelven son más que hace un año. Y son más, significativamente más, los que piensan que los hombres que acosaron sexualmente a mujeres hace veinte años no deben perder sus empleos. Este desplazamiento de opinión es más acusado entre votantes conservadores que entre votantes progresistas, pero se da en ambos.

El efecto bumerán de un activismo agresivo como el Me Too se podía haber predicho desde el principio. Más cuando su modelo es la caza de brujas. La multiplicación de denuncias por sucesos de hace décadas, sin otro material probatorio que la palabra de una persona contra otra, unida a la exigencia de represalias contra los acusados, más que despertar conciencias, despierta desconfianza. Una desconfianza que se extiende a los presupuestos ideológicos del movimiento. No es que al feminismo excluyente le importe esa oposición. Al revés. La polarización y la división que provoca el Me Too es, desde su perspectiva, una buena cosa. Porque su objetivo no es avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres, sino el dominio ideológico. Y el medio para hacerse con el dominio es la guerra cultural, una guerra que requiere un enemigo, un enemigo al que primero hay que despertar. El problema de estas guerras culturales es que engañan mucho. Engañan, ante todo, al que se lanza a ellas. Cuando más parece que se van ganando, van y se pierden.

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