Hoy Puigdemont, mañana Escocia

Cristina Losada

El 18 de septiembre se cumplieron ocho años de aquel referéndum sobre la independencia de Escocia, que fue aceptado y pactado por el primer ministro conservador David Cameron. Los contrarios a la separación ganaron, aunque por menos de lo que esperaba Cameron cuando cedió a la presión del independentismo escocés. El aniversario ha pasado sin pena ni gloria, porque el independentismo perdió y, a consecuencia de su derrota, en lo que está pensando ahora es en la convocatoria del segundo. En cualquier caso, es muy probable que Pedro Sánchez, que aquel año ganó sus primeras primarias, no tenga hoy presente ni el aniversario de aquel referéndum ni las maniobras políticas en curso para hacer otro. Pero debería.

El referéndum de 2014 en Escocia alentó los planes rupturistas de Artur Mas, y con motivo. A fin de cuentas, pese a todas las diferencias entre uno y otro caso, el hecho crudo era que un gran país europeo había aceptado someter a referéndum, bajo ciertas condiciones, la posibilidad de que una parte de su territorio se independizara. Cuando poco después, el 9 de noviembre, el Gobierno de Mas organizó finalmente una consulta sobre la independencia de Cataluña, podía sentirse respaldado por el precedente. Es imaginable que el precedente también estimuló a los separatistas en su camino a la rampa de lanzamiento del 1-O. Y, dados aquellos efectos, no es difícil de imaginar el impacto que tendría un segundo referéndum en Escocia, tanto si se hace por las bravas, opción con la que amenaza la líder del SNP, como si el Gobierno británico cambiara de posición y lo aceptara otra vez.

La mesa de diálogo de Sánchez con el separatismo catalán tiene, entre otros graves problemas, uno evidente: la fragilidad. Es posible que quiera mantener entretenidos a los separatistas hasta el final de la legislatura lanzando esta y aquella concesión, como quien lanza comida a los cocodrilos, para asegurarse, entretanto, sus apoyos parlamentarios. Aun así, aunque ese fuera todo el trasfondo, su mesa es sumamente inestable. Cualquier factor imprevisto la puede echar abajo. La detención de Puigdemont en Cerdeña por la policía italiana tuvo que ponerle a Sánchez los pelos de punta. El prófugo de Waterloo es una mina vagante, y tiene capacidad para hacer, en cualquier momento, algo que desbarate el bonito castillo de naipes. La Esquerra no está en condiciones de hacer otra cosa que rendirle pleitesía, haga lo que haga el prófugo.

En este campo minado en el que se ha metido Sánchez pensando que lo tiene todo controlado, sólo falta que entre el factor escocés para que el decorado salte por los aires. Nadie tiene todo controlado, menos aún cuando cree que lo tiene. Cameron, ya que estamos, fue un caso de libro. Este verano, dos ministros británicos dieron a entender que podría aceptarse otro referéndum siempre que hubiera una demanda ampliamente mayoritaria. El independentismo escocés se ha reforzado con una nueva victoria electoral este año, y con la coalición con los Verdes, partidarios de la independencia. Sturgeon tiene en mente mediados de 2023 para hacer sí o sí el segundo referéndum. Sánchez puede rezar para que no ocurra, o liquidar la mesa antes de que la mesa lo liquide.

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