¿Contra Arrimadas o contra Sánchez?

Cristina Losada

En la última sesión de control en el Congreso, la vicepresidenta Calvo empleó sus ingentes reservas de indignación contra la líder de Ciudadanos. Primero se regodeó en los reveses electorales sufridos por ese partido, recurso ya típico y tópico, pero la carga de profundidad que lanzó en el hemiciclo fue acusar a Arrimadas de haber fundado su carrera política en "enfrentar a Cataluña con España" y a Ciudadanos de haber nacido con "el discurso más terrible", el cual, dijo también, hizo suyo "la ultraderecha" más adelante. La arremetida vicepresidencial fue, como suele decirse, de las que quieren hacer sangre, pero cabe preguntarse si no usó Calvo un arma de doble filo, y si hirió más a Ciudadanos o a su propio partido.

La razón por la que cabe la pregunta es que el partido de Calvo firmó en 2016 un acuerdo de Gobierno con el partido de Arrimadas. Fue aquel un acuerdo notable, con doscientas medidas negociadas mano a mano por los equipos del PSOE y de Ciudadanos, que encabezaron Antonio Hernando y Juan Carlos Girauta, y se rubricó con gran solemnidad el 24 de febrero en la Sala Constitucional del Congreso, bajo los retratos de los siete padres de la Constitución del 78. Lo firmaron, personalmente, Albert Rivera y, sí, Pedro Sánchez, quien hoy preside el Gobierno de España y viene a ser el jefe de la vicepresidenta. El acuerdo no salió adelante. La investidura de Sánchez no obtuvo suficientes votos. Pero aquel fracaso no puede hacer olvidar que el PSOE y Sánchez quisieron gobernar con un partido al que acaban de acusar de tener, desde su nacimiento, "el discurso más terrible" y buscar el enfrentamiento de "Cataluña con España".

Podríamos pasar por alto esta retórica irritada e irritante de Calvo, atribuyéndola al tono que suele regir en las sesiones de control. Pero forma parte de una tendencia. Tendencia que está en auge por el empeño gubernamental en justificar los indultos a los separatistas condenados. Para defenderlos, los socialistas han ido utilizando, uno tras otro, los recursos del arsenal de propaganda del separatismo. Las acusaciones de Calvo culminan, por ahora, esa apropiación. Sólo desde el separatismo y compañeros de viaje se han dicho cosas semejantes de Ciudadanos. Más que de una apropiación de argumentario, hay que hablar de un caso de posesión.

Los socialistas ya no hablan de Cataluña más que por boca de ganso. A través de los portavoces del PSOE, a quien se escucha es al nacionalismo disgregador. No es estricta novedad. El fenómeno se vio ya con Zapatero. Tras algunas vacilaciones, ha proseguido con Sánchez, y ahora, con los indultos, se ha reforzado. Cuanto más se dejan poseer por el separatismo, más vacíos quedan los socialistas de programa propio sobre la cuestión catalana y la cuestión nacional. Y eso tiene sus consecuencias. Como transmisor de la visión nacionalista, quizá se puede mantener un nicho en Cataluña, pero gobernar España ya es más problemático. De momento, no es fácil que la mayoría de los españoles esté encantada de que gobierne España un partido que habla y actúa como los que pretenden acabar con ella. Pero no nos vayamos por las ramas. Que Calvo explique cómo su partido quiso gobernar hace cinco años con los que dice que nacieron para "enfrentar a Cataluña con España".

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