Susto o muerte

Cayetano González

He recordado ya en alguna ocasión lo que dijo Alfonso Guerra en la década de los 90, cuando las divisiones internas dentro del PSOE empezaron a aflorar: "Cuando un partido pone en marcha la máquina de perder las elecciones, esta es imparable e implacable". El PSOE las perdió, bien es cierto que por poco margen, ante el PP de Aznar en marzo de 1996; y el actual PP de Rajoy lleva camino de cosechar una severa derrota en las diversas y distintas citas con las urnas que se dibujan en el horizonte.

Uno de los síntomas más evidentes que certifican que esa máquina de perder las elecciones está a pleno funcionamiento es que, haga lo que haga la formación política afectada, todo le sale mal. En la últimas semanas, esto es más que una evidencia en el PP. Por ejemplo, convocan para después de la Semana Santa una convención nacional en Sevilla con la intención de insuflar ánimos a los decaídos cargos públicos y a los militantes que encuesta tras encuesta ven cómo Ciudadanos les pasa por encima, y resulta que unos días antes salta el escándalo del presunto máster de Cristina Cifuentes y el cónclave de los populares se ve lastrado, informativamente hablando, por ese hecho.

Otro ejemplo: cuando la detención de Puigdemont en Alemania parecía devolver algo de optimismo y prestancia a un Gobierno absolutamente desaparecido del escenario catalán, va un juez alemán y lo pone en libertad, diciendo además que lo del delito de rebelión del que le acusa el juez Llarena va a ser que no. Y el clavo lo acaba remachando la ministra de Justicia alemana con unas declaraciones absolutamente insultantes para España y para nuestro sistema democrático. Pero la máquina no se para, sigue en pleno funcionamiento, porque ante esta situación lo único que se le ocurrió decir a Rajoy fue: "El planteamiento del Gobierno alemán ha sido modélico y su comportamiento ha sido el propio de una nación europea de las clásicas y de primera".

La máquina popular tiene en estos momentos un caso pendiente: ¿qué hacer con Cifuentes? ¿Se la deja caer para conservar el Gobierno de la Comunidad de Madrid o se mantiene el pulso a Ciudadanos en la confianza de que, si al final el partido naranja apoya la moción de censura del PSOE, eso le pasará factura en las próximas elecciones? Esta es la típica situación en la que, haga lo que haga el PP, todo le puede salir mal: si sustituye a Cifuentes para evitar perder el Gobierno de la Comunidad de Madrid, mal, y si permite que prospere la moción de censura, amén de que cerca de 300 altos cargos se van a la calle, nadie le asegura que eso suponga un desgaste importante para Ciudadanos. La opinión pública puede entender esa decisión del partido de Rivera.

Otro síntoma son las batallas internas, que en el caso de los populares tiene su máximo exponente en la que desde hace tiempo protagonizan Soraya y Cospedal. Lo hacen con la aquiescencia de quien las ha nombrado para ocupar una silla en el Consejo de Ministros y, en el caso de Cospedal, quien le mantuvo su apoyo para que siguiera siendo la número dos del partido. Lo malo para el PP es que esa guerra entre ambas damas arrastra a otros dirigentes a posicionarse en uno u otro bando, véase el caso de Maillo con el master de Cifuentes o de Zoido con el candidato para la Alcaldía de Sevilla.

En esas estábamos cuando llega Cristóbal Montoro y, en una entrevista publicada este lunes en El Mundo, dice literalmente lo siguiente: "Reconozco que al PP le pasa algo, pero su problema no es Rajoy". Lo dicho: la máquina de perder las elecciones ya está en marcha en el PP y, como decía Guerra, cuando eso sucede es imparable e implacable. Y en ese escenario, incluso poder elegir, como en el chiste, entre susto o muerte resulta absolutamente irrelevante.

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