Hay cosas que no cambian en el País Vasco

Cayetano González

Todos los que sostienen que ETA ha sido derrotada deberían admitir, a la vista de los graves incidentes en torno a los actos electorales de Vox –especialmente los del pasado sábado en Sestao, donde resultó herida una diputada nacional–, protagonizados por personas de ese sórdido mundo, que esa afirmación no es cierta del todo y que tiene muchos matices.

Cuando la tregua-trampa que ETA declaró en 1998, una concejala del PP del Ayuntamiento de San Sebastián, María José Usandizaga, expresó de forma clara y rotunda lo que tenían que soportar las personas que eran objetivo de la banda terrorista: "Antes nos mataban, ahora no nos dejan vivir", sentenció. Veintidós años después, los amigos y simpatizantes de la denominada ‘izquierda abertzale’, que además tienen un look inconfundible, siguen empleando los mismos métodos de acoso y violencia contra quienes consideran no sus adversarios políticos, sino sus enemigos.

Vox representa para el nacionalismo vasco gobernante y para los herederos de ETA lo mismo que en los años 90 podía representar el PP. Entonces mataban y perseguían a los cargos públicos populares; ahora, cuando los comandos de la banda terrorista ya no matan, los métodos empleados son los del acoso, la intimidación, el no dejar expresarse en libertad a una formación política –conviene recordar que es la tercera más importante de España– legal, que tiene todo el derecho a defender sus posiciones ideológicas, también por supuesto en las calles y plazas del País Vasco y de Navarra.

El nacionalismo gobernante y los herederos políticos de ETA ven en Vox una defensa de la idea de España, de los valores constitucionales, que les supera, les incomoda, y están dispuestos a combatir, en el caso de los segundos, con métodos violentos. Resulta llamativo que el PP haya dejado de estar en el centro de las iras de los nacionalistas del PNV y de la izquierda abertzale, y eso puede ser un síntoma de cómo se ha ido diluyendo el proyecto popular en el País Vasco en los últimos años. Bien es cierto que con Carlos Iturgaiz como candidato en las autonómicas del próximo 12 de julio, el PP recupera parte de esa esencia que le llevó no hace tantos años –con Jaime Mayor Oreja, María San Gil y el propio Iturgaiz– a ser un partido heroico en el País Vasco y, por ende, un referente moral en el resto de España.

Tantos años de terrorismo, del uso de la violencia para conseguir fines políticos, de mirar para otro lado, de justificar los crímenes con el terrible "algo habrá hecho", se acaban pagando. La siembra de tanto odio hacia todo lo que representa España, la pérdida de todo referente ético y moral en una parte no desdeñable de la sociedad vasca, tiene como consecuencia que la intolerancia hacia el que no piensa como tú aflore de forma violenta y por lo tanto antidemocrática.

A los que hemos mantenido que ETA era y sigue siendo un proyecto político concebido para la destrucción de España, compuesto no solamente por los comandos terroristas sino por un brazo político que está en las instituciones sin haber condenado los crímenes de la banda terrorista, no nos extraña que sigan produciéndose actos de violencia.

Lo terrible de todo esto es que con los que protagonizan estos episodios de violencia, con los que niegan la libertad en el País Vasco, son con los que el PSOE de Pedro Sánchez ha pactado en Navarra y en el Congreso de los Diputados. Esto debe de formar parte de esa nueva normalidad tan cacareada por el presidente del Gobierno y sus palmeros mediáticos.

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