El ‘confinamiento’ de Ortega Lara

Cayetano González

En estos días de encierro en casa como consecuencia del coronavirus, me he acordado con frecuencia del opresivo confinamiento al que fue sometido el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara por culpa de otro tipo de coronavirus, el de la banda terrorista ETA. Un total de 532 días, con sus noches, estuvo Ortega Lara secuestrado en un agujero inmundo dispuesto por los terroristas en una nave industrial situada a las afueras de Mondragón; hasta que en la madrugada del 1 de julio de 1997 fue liberado por la Guardia Civil.

He escuchado personalmente a Ortega Lara contar qué hizo para no desfallecer en aquellas terribles circunstancias. Hay que pensar que el agujero en el que estaba –me niego a llamarlo zulo, para no seguir el lenguaje de los terroristas– tenía unas dimensiones de 3 metros de largo, 2,5 de ancho y 1,8 de alto, con un camastro de mala muerte, una humedad tremenda –cerca de la nave transcurría un río– y unas condiciones higiénicas lamentables. Baste decir que los terroristas le pasaban por un ventanuco una palangana para que se lavase o hiciera sus necesidades, y por el mismo sitio le proporcionaban la comida en una bandeja. De lectura –amén de que sólo contaba con la luz de una tenue bombilla– le daban sólo el periódico portavoz de ETA, el Egin. Nada de radio ni de cualquier otro medio que le permitiera estar conectado con el exterior.

Decía que Ortega Lara ha comentado cómo organizaba su día a lo largo de aquellas interminables jornadas privado de libertad. Insistía mucho en la importancia de la rutina, aplicada, por ejemplo, a mantener limpio y en orden el habitáculo; a hacer todos los días un rato de ejercicio físico; a hablar en voz alta con su mujer, recordándole, por ejemplo, que no se olvidara de llevar a su hijo a las clases de natación. Y, como se confesaba creyente, también contaba que rezaba todos los días el rosario; y cuando ya había transcurrido más de un año de su secuestro –era capaz de llevar una contabilidad del tiempo bastante exacta–, un día se encaró con Dios –"el Jefe" le llamaba– para pedirle que pusiera fin al calvario que estaba sufriendo, bien llevándole a su presencia o bien haciendo que fuese liberado, como al final felizmente ocurrió gracias al trabajo de la Guardia Civil.

Cuento todos estos recuerdos de Ortega Lara porque sé que muchos lectores de Libertad Digital le tienen gran admiración, aprecio y cariño, por la fortaleza moral que demostró durante su cautiverio, por la dignidad con la que se comportó ante sus secuestradores, a los que en más de una ocasión les dijo que perdieran toda esperanza de ver cumplidas sus pretensiones –el acercamiento de los presos de ETA a cárceles vascas–, porque estaba seguro de que el Gobierno de España, presidido en aquel entonces por Aznar, no iba a ceder nunca al chantaje terrorista.

Si Ortega Lara fue capaz de sobrellevar su cautiverio, su privación de libertad durante 532 días en las condiciones inhumanas descritas, pienso que no tenemos derecho a quejarnos de la situación que estamos viviendo, de confinamiento en nuestras casas, por mor de la pandemia del coronavirus. Soy consciente de que, para las personas mayores que viven solas, o para los matrimonios con hijos pequeños que tienen que convivir en un piso o apartamento pequeño, puede ser muy duro y hacerse muy pesado. Pero, en cualquier caso, nada comparable con lo que tuvo que soportar Ortega Lara, que nos dio un ejemplo que ahora podemos intentar imitar.

Los españoles hemos sabido sufrir juntos durante muchos años el embate del terrorismo etarra, el brutal atentado del 11-M; y hemos conseguido salir adelante, a pesar del dolor causado, sobre todo en las víctimas de esos atentados. Ahora, ante algo distinto al terrorismo pero que también causa dolor, miedo, tristeza, desolación, lo haremos igualmente. Personas como Ortega Lara son un espejo en el que podemos mirarnos para conseguirlo y no desfallecer.

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