Votos contra piedras

Carmelo Jordá

Hace sólo dos años la campaña electoral en Madrid transcurrió dentro de unos cauces que podríamos denominar normales: la izquierda mintió sobre la realidad madrileña, las candidatas de la derecha sufrieron ataques personales y los medios de desinformación se decantaron abrumadoramente por el triunfo del PSOE, Más Madrid y Podemos; nada que no sea lo habitual, adaptado en cada ocasión a las circunstancias temporales y locales.

Como bien señalaba en Twitter el siempre incisivo Juanma del Álamo, entonces ya encabezaban sendas listas electorales Isabel Díaz Ayuso y Rocío Monasterio, curiosamente no vimos el despliegue de crispación y la "amenaza del fascismo" no estaba en boca de todos en cada segundo del día de cada día de la semana. Pero el que no estaba entonces y ahora parece la estrella mediática de la campaña es Pablo Iglesias.

No, no se trata de una conclusión apresurada: todo este espectáculo lamentable de violencia de izquierdas y presunto peligro fascista se lo debemos a Iglesias y a un PSOE incapaz de distanciarse del que en esta ocasión es el caballo perdedor.

Porque lo realmente sorprendente de esta campaña no es que un Iglesias que ya es ex y que está completamente desacreditado salga del chaletazo, se nos presente como la única vacuna contra ese fascismo que sólo está en su mente –y en la de tantos periodistas mutados en activistas– y mientras mande a sus esbirros a apedrear a Vox. No, lo sorprendente es que el PSOE le siga como un perrito faldero en un discurso que no le conviene y para el que, encima, es evidente que su candidato no sirve. Sí, ya sé que descubrir para qué sirve Gabilondo es tarea ardua, pero estarán de acuerdo conmigo en que como mitinero vocinglero es –aún más– un completo desastre.

Lo mejor es que, ante este abrumador despliegue de indecencia, mentira y hasta estupidez, los madrileños tenemos la posibilidad de dictar una sentencia que debe ser condenatoria. Y lo será si todos los que nos sentimos asqueados por esta izquierda extrema vamos a votar; si los que estamos hartos de que todo valga en política usamos nuestras papeletas para hundir a los que están intentando el juego más sucio; si los que sentimos algún aprecio por la libertad no olvidamos que las urnas –¡y no las encuestas!– son la mejor barrera para frenar el comunismo.

Votemos y digámosles que en Madrid el fascismo no es un peligro porque no existe, pero que ellos sí lo son. Votemos y que se vayan a sus lujosas casas de nuevos, ellos sí, ricos.

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