Sí a los indultos

Carmelo Jordá

Si en algún momento alguien tuvo la más mínima duda acerca de la disposición de Sánchez a conceder el indulto a los golpistas, hacer magia negra o sacrificar a las 11.000 vírgenes con tal de seguir unos meses más en la Moncloa, bienvenido sea a los pies del guindo; espero que el batacazo no haya sido muy doloroso.

La cuestión, por supuesto, nunca estuvo en si el perdón era o no pertinente desde el punto de vista de la Justicia, o en si se cumplen los muy mínimos requisitos que se exigen para una medida de gracia como esa. Ni siquiera es esencial al tema si es cierto o no que la salida de un grupo de delincuentes de la cárcel puede contribuir a que las cosas estén mejor en Cataluña, que por supuesto no contribuye, más bien lo contrario.

No, lo único que Sánchez y su sanedrín monclovita van a valorar a la hora de sacar de la trena a los golpistas, que ya han avisado de que lo volverán a hacer, es que eso puede permitirles, piensan, dar una patada a seguir a la legislatura. No hay más, nunca lo hubo.

Yo, llegados a este punto, tengo que confesarles que estoy a favor de los indultos. No, por supuesto, porque no crea que Junqueras y los demás no merezcan unos cuantos años más a la sombra; ni porque no piense que el indulto es una canallada, un insulto a la Justicia y una patada en la boca del estómago a la división de poderes.

Pero como ninguna de esas cosas le importa una mierda a Sánchez, los indultos tienen algunas ventajas sobre las otras opciones, por ejemplo un cambio legislativo que quedaría ahí fijado y que me parece todavía más injusto y nocivo: no hay nada peor que una ley hecha a la medida de unos delincuentes.

Por otra parte, de esta forma Sánchez va a tener que dar la cara por la medida. Sí, ya sé que nos van a intentar vender la burra vieja de la concordia, el entendimiento, el diálogo y alguna más de esas palabras tan huecas como biensonantes, pero me parece que a estas alturas de la película nadie compra la mercancía averiada de la Factoría Moncloa: esto va a ser otro bofetón y otro clavo más en el ataúd en el que Sánchez y Redondo están empeñados en enterrarse desde hace unos meses.

Que nadie me interprete mal: indultar a esta caterva de delincuentes que tanto daño han hecho y, sobre todo, tanto daño están dispuestos a hacer es una canallada y una vergüenza, pero hay que asumir que es inevitable, así que dejemos a Sánchez que haga el canalla de la forma que más va a perjudicarle.

A continuación