San Rubalcaba y los medios serviles

Carmelo Jordá

La muerte de Rubalcaba la pasada semana ha sido un nuevo motivo para uno de los festines de vergüenza ajena a los que la política y el periodismo españoles nos tienen, por desgracia, cada vez más acostumbrados.

No voy a ser yo el que niegue la notable influencia del tristemente finado en la historia reciente de España -otra cosa es si para bien o para mal, ahora veremos eso- pero hay mucha distancia entre reconocer esa importancia innegable y la elevación a la santidad a la velocidad de un Saturn V que hemos visto, sin prácticamente discrepancias, sin casi ninguna voz que aportase, no ya otro punto de vista, es que ni tan siquiera un poquito de mesura.

Vayamos por partes: en primer lugar hablaremos de ese legado, que yo creo que se puede medir por cuatro grandes hitos: el primero su participación fundamental en la ley -la funesta LOGSE- que destrozó el sistema educativo español; el segundo, el infausto 13-M, cuando aprovechó el peor atentado de la historia de España para hacer política partidista y reventar la jornada de reflexión.

Ya como ministro encontramos el tercero: su connivencia, uso y trato con las cloacas de Interior, esas mismas que tanto han vituperado en los últimos meses alguno de los que ahora han encabezado la procesión del nuevo santo. El cuarto, también desde el ministerio, fue la gestión del pacto con la ETA –llamar a eso "derrota" sólo puede ser sarcasmo– que nada ejemplifica mejor que el chivatazo del Faisán, con los policías malos avisando a los terroristas de que llegaban a detenerlos los policías buenos, eso sí que fue lo nunca visto.

Con ese bagaje -al que también se añade no sé muy bien por qué su participación en la sucesión en la Corona cuando ya no estaba en el círculo más cerrado del poder- y en mitad de una campaña electoral, la clase política prácticamente al completo y la clase periodística al 90% se han dedicado a glosar las virtudes de "hombre de Estado" de Rubalcaba, que si fue algo durante toda la vida fue un hombre de partido, pues siempre antepuso los intereses del PSOE a los del Estado y no digamos a los de la Nación.

Pero prácticamente nadie ha dicho nada, pocos se han atrevido a nadar contra corriente como lo ha hecho una vez más Jiménez Losantos en este mismo periódico, el rey del cuento se ha paseado en una desnudez espléndida y absoluta, mientras la voz casi unánime de la opinión publicada y de la tuiteada se deshacían en alabanzas ante su manto de pan de oro y de hombredeestadismo, si me permiten ustedes el palabro.

Y no, no todo ha sido el respeto elegante al ser humano que acaba de morir, ese mismo respeto que no se tuvo, por ejemplo, para Rita Barberá. Al contrario, los medios han sido serviles como nunca por dos razones: los de un lado porque están entregados a la causa de la izquierda como nunca, y mira que eso es difícil; y los del otro porque tienen cada día más miedo de enfrentarse a los que dominan las televisiones, a los que copan las redacciones y ahora también a la marabunta cada vez más intolerante y agresiva que, encima, ya no se limita a las cartas al director o las llamadas a la centralita colapsada de Anson, sino que en cuanto no agachas la cerviz ante la mentira de que toque esta semana te persigue y te insulta en las redes sociales.

Sorprendemente, o no, tras una vida de intriga y de servir al partido San Rubalcaba ha subido a los cielos en olor de santidad y lo ha hecho aupado por unos medios serviles que a lo que huelen ya no es precisamente a santidad… y mucho menos a periodismo.

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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