¡Plastas!

Carmelo Jordá

Lo peor del separatismo catalán es, por supuesto, su totalitarismo, su racismo y su clasismo, pero bastante cerca anda lo pesados que son y lo encantados que están de haberse conocido: no hay sociedad que se mire tanto el ombligo como la catalana, atrapada en un onanismo eterno sobre sí misma y sobre lo que los demás piensan o deben pensar de ella.

Así, con tanta gente mirándose a sí misma, nada se libra de la expansión del monotema separatista, que lo invade todo: desde ese baile tan aburrido que es la sardana –con su música molesta a mitad de camino del zumbido de un mosquito y el chirrido de un gozne de madera–; a los castellers, que tienen ese simbolismo de la masa sujetando la torre que cada día da más repelús; pasando por Montserrat o la cosa gastronómica, ¡hasta la comida acaba siendo separatista entre calçots y botifarra!

Este pajillerismo social llega a sus más altas cotas –o igual son las más bajas, yo ya no sé– en los días históricos que hay casi cada mes y, sobre todo, en las celebraciones y los fastos. Y el más grande de estos festejos es sin lugar a dudas la Diada, el sumo aquelarre del victimismo nacionalista, la más gorda de las mentiras.

La Diada tiene, además, matices que deberían ser estudiados a la luz de la psicología o quizá incluso la psiquiatría: eso de celebrar una derrota, pero además darle la vuelta para construir a su alrededor el relato falaz de un enfrentamiento que nunca existió, para reafirmar tu superioridad presentándote como alguien que, pese a ser tan superior, lleva no menos de tres siglos sojuzgado por una panda de "bestias"... De loquero, sin duda.

Y entre tanta obsesión grupal, cualquier mínima discrepancia es vista como un ataque al conjunto: vamos, que si no te gusta la llonganissa de payés es que eres un anticatalán y un facha, y así quién se quiere quedar en esa España en la que hay tantos anticatalanes fachas que insultan a la sacrosanta llonganissa, expresión un tanto fálica de las más profundas esencias del alma catalana.

Yo, la verdad, cuando veo a las multitudes paseándose por Barcelona todos uniformaditos como si fuera la Pyongyang del Mediterráneo; o las procesiones de antorchas, que no sé si estoy en el Núremberg de Leni Riefenstahl o en la Alabama de los muchachos del Klan, siento sobre todo una pereza atroz, un ya no poder más y un hastío, porque estos tíos son unos totalitarios de lo peor, sí, pero sobre todo son, más que ninguna otra cosa, unos plastas.

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