Ley de Memoria Orwelliana

Carmelo Jordá

Si de verdad el Gobierno tuviese la intención de enseñar a los más jóvenes qué fue el franquismo, no tocaría ni una piedra, ni un hueso y, por supuesto, ni una tumba del Valle de los Caídos: ningún escenario puede ser mejor para comprender el régimen que ese monumento impresionante, monumental y más bien siniestro en el que la dictadura dio lo mejor y lo peor de sí misma. De verdad, antes de que lo cierren o de que lo desvirtúen decorándolo con palomas de la paz y corazones morados, les recomiendo que lleven allí a sus hijos o a sus nietos y les digan: "Esto que veis, con lo bueno y con lo malo, fue lo que vuestros abuelos sufrieron durante cuarenta años".

Pero no, no se trata de eso, como tampoco se trata de rescatar una memoria democrática que ni va a ser memoria ni, mucho menos, democrática. Todos tenemos nuestra propia memoria, única, personal e intransferible sobre lo que fue el franquismo. Algunos de primera mano, porque lucharon contra él –muy pocos–, se limitaron a sobrevivirlo –la mayoría– o medraron muy satisfactoriamente a su sombra, como los padres y abuelos de muchos que hoy se rasgan las vestiduras, se llenan de ceniza y gritan "¡FASCISMOOOOO!" en cuanto sale un pantano de Franco al fondo de la imagen.

Otros hemos podido saberlo y hacerlo parte de nuestra memoria a través de las muchísimas fuentes que gracias a Dios están a nuestro alcance: los libros, los documentales, los testimonios de nuestros mayores… Precisamente si hay algo sobre lo que la sociedad española ha estudiado, leído y escuchado es el franquismo, aunque estos adanes se crean que todos somos tan ignorantes como ellos y que nos hace falta un Gobierno social-comunista para tener una memoria de la dictadura y una verdad histórica certificada que contar a nuestros hijos.

Pero basta con leer 1984 –que además también es una novela maravillosa desde el punto de vista literario– para saber qué es lo que pretende un Gobierno cuando crea instituciones encargadas de velar por la verdad. Y eso que probablemente ni la peor encarnación del Gran Hermano tenía tan poco apego a la verdad como esta colección de mentirosos compulsivos capaces de decir que es de día en lo más profundo de la noche y quedarse tan panchos.

Esta ley es sólo un paso más –aunque importante– de la acción de un Gobierno que sólo pretende fortalecerse en el poder, arrinconar al disidente e impedir un debate público sano y plural en el que tienen todo que perder, porque no son más que un hatajo de manipuladores con un nivel de escrúpulos inversamente proporcional a su ambición, que les adelanto que es inmensa.

A partir de ahora la táctica va a ser burda pero muy efectiva en el tóxico ambiente mediático en el que vivimos: aquel que se atreva a discrepar y señalar el totalitarismo repugnante de este engendro legal será tachado de franquista, facha y, a poco que nos descuidemos, monstruo comeniños. Pero no, por muy intensa que sea la catarata de insultos, criticar la Ley de Memoria Orwelliana no es defender a Franco: es defender la democracia.

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